
La Universidad de Buenos Aires (UBA) otorgó el Doctorado Honoris Causa a Lita Stantic y Félix “Chango” Monti, dos figuras centrales del cine argentino, en una ceremonia que reunió a un auditorio colmado en el Aula Magna de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU). El acto, que se extendió desde las 19:40 hasta las 20:20 del jueves 1 de octubre, fue la apertura de la cuarta edición del Festival Internacional de Cine de la UBA (FIC.UBA 2026) y combinó homenaje, emoción y un posicionamiento explícito en defensa de la cultura y la educación pública.
El título de Doctor Honoris Causa es la distinción de mayor jerarquía que otorga la UBA a personalidades nacionales o extranjeras por trayectorias sobresalientes en los campos académico, científico, cultural, profesional, social o político. Junto a los diplomas y medallas, ambos homenajeados recibieron un poncho artesanal de Seclantás, localidad salteña conocida como la cuna del poncho salteño, máxima distinción del festival.

El festival llega a su cuarta edición en un contexto adverso para el cine
El acto también fue una declaración de principios sobre el rol de la universidad en la producción cultural. El director general del FIC.UBA, Ricardo Alfonsín (h.) —nieto del expresidente Raúl Alfonsín—, repasó cuatro años de un festival que creció en un contexto difícil para el cine y la educación pública. “Llegamos a la cuarta edición en un momento complicado, no solamente para el cine, también para la cultura y para la educación pública. Pero en una nueva muestra de carácter y esfuerzo, hemos dicho presentes una vez más”, afirmó.
Entre los anuncios de la noche, Alfonsín (h.) confirmó la incorporación de la Beca Disney al festival, que financiará diez proyectos de estudiantes de cuarto año de la carrera. “El talento es enorme en esta facultad y a esos talentos tenemos que darles oportunidades y herramientas”, subrayó.

La UBA homenajeó a quien hizo posible lo mejor del cine argentino
Fue el director artístico del festival, Marcelo Altmark, quien leyó la laudatio de Lita Stantic y trazó una biografía que arrancó en la infancia: Élida María Stantic, la nena de Parque Chas que pasaba las tardes en el cine del Triunvirato convencida de que los actores vivían detrás de la pantalla. “Esa certeza mágica —dijo Altmark— fue la semilla de una vida entera del otro lado, la de quien, sin que el público la viera nunca, iba a hacer posible buena parte de lo mejor que el cine argentino puso en pantalla.”
El recorrido que siguió es parte de la historia del cine nacional: su debut ordenando treinta mil metros de negativo con hojas de afeitar y pegamento, su consagración como jefa de producción en La Raulito (1975), y el salto decisivo que la llevó a asociarse con María Luisa Bemberg —cuando el director de turno se negó a trabajar con una mujer— para producir Señora de nadie, Camila, Miss Mary y Yo, la peor de todas. Después vendría el nuevo cine argentino: Mundo Grúa, de Pablo Trapero; La ciénaga y La niña santa, de Lucrecia Martel; Un oso rojo, de Adrián Caetano —que empezó a rodarse el mismo día del corralito—; y Hamaca paraguaya, de Paz Encina, entre muchos otros.
“Hoy el cine se pone de pie para celebrarla”, cerró Altmark. “La historia de nuestra pantalla no sería la misma sin aquella nena de Parque Chas que creía que los actores vivían del otro lado y que terminó cruzando ella misma para hacer que las películas existieran.”

“Un país soberano necesita de la universidad pública”
Cuando le tocó hablar, Stantic fue breve, cálida y política. Agradeció a la UBA —aunque al arrancar dijo “televisión pública” en lugar de “universidad pública”, lo que generó risas en el auditorio y en ella misma— y reivindicó la educación pública como herramienta de soberanía. “Un país soberano necesita de la universidad pública”, afirmó. “Estamos en un momento complicado para la universidad, complicado para la cultura, complicado para muchas cosas, pero hay que defenderla.” También celebró compartir la distinción con Monti: “Me honra fundamentalmente que esto sea de la UBA y estar al lado del Chango, que es un grande.” Y cerró con una sola palabra, entre risas del auditorio: “Ya está.”
Teleshow habló con ella antes del acto:
— ¿Qué significa recibir este reconocimiento?
— Me siento muy honrada, fundamentalmente porque es de la universidad pública, en un momento en que hay que defenderla.
— Se impuso como productora en una época en que no había mujeres en ese rol. ¿Lo tuvo que abrir a machetazo?
— No había mujeres en el cine cuando yo era joven. Empecé por los cortometrajes, después hice jefaturas de producción en películas independientes. Como productora arranqué con La isla en el 78, con Alejandro Doria. Le fue muy bien.

— ¿Qué tiene que tener sí o sí una historia para que la acepte?
— Tiene que decir algo que valga la pena decir. Me tiene que interesar lo que quiere contar el director.
— Las películas de hoy, ¿dialogan con el presente?
— Depende. Me interesa ese cine. Cuando dirigí Muro de silencio tenía que ver con el problema de la memoria y con mi historia personal.
— ¿Cuál fue la transformación más decisiva que atravesó el cine a lo largo de su carrera?
— Hubo muchas transformaciones técnicas. Lo más significativo fue pasar del negativo al digital. Pero con respecto a qué contar, siempre pienso que hay que contar algo que valga la pena.
— ¿Cómo ve el panorama actual del cine argentino?
— Es terrible. Producir hoy una película como las que yo hacía en el año 2000 —que salía alrededor de un millón de dólares— hoy sale cuatro o cinco millones. Y no está el apoyo del Instituto. Con las plataformas hay dinero, pero hay que hacer lo que a ellas les interesa. Y a veces no coincide con lo que le interesa a uno.
— ¿Qué les diría a los estudiantes de cine de hoy?
— Que peleen. Ahora está muy difícil filmar. Pero si están apasionados, también se puede filmar hasta con celular. Hay que pelearla.

El hombre que iluminó los dos Oscar argentinos
La directora institucional del festival, Paula Quattrocchi, leyó la laudatio de Félix “Chango” Monti y eligió como imagen central la escena más célebre de El secreto de sus ojos: esa toma aparentemente continua en la que una cámara sobrevuela un estadio lleno y se mete en la tribuna. Son, en realidad, siete planos. “El desafío —dijo Quattrocchi— era que nadie lo notara, que la técnica no se comiera la emoción.”
Monti nació en La Quiaca en enero de 1938 pero se crió en Villa Ballester. A los catorce años creyó que lo suyo sería la escenografía, hasta que entró a un estudio de filmación y descubrió que las luces y las sombras podían armar un mundo. Los equipos de los viejos estudios lo rebautizaron: para siempre sería el Chango. Lo que vino después forma parte del patrimonio audiovisual argentino: Tango, el exilio de Gardel y Sur con Pino Solanas, La historia oficial y El secreto de sus ojos con Luis Puenzo y Juan José Campanella, y trabajos con Bemberg, Martel y Ariel Winograd, entre muchos otros. Es el único director de fotografía que iluminó las dos películas argentinas ganadoras del Óscar a Mejor Película Extranjera. En 2011 recibió el Premio Konex de Platino. “Lo recibe a los 88 años un hombre que todavía siente un vacío cada vez que termina un rodaje —dijo Quattrocchi—. Hoy, por una vez, le toca quedar en cuadro.”
“Lo más triste es cuando no se le permite rodar”
El discurso del Chango fue el más breve de la noche y también el más descarnado. “Lo más importante es el momento en que una cámara comienza a rodar. Lo más triste es cuando no se le permite rodar”, dijo, y la sala quedó en silencio. “Hemos atravesado muchas crisis, nunca una tan terminal ni tan cruel.” Pero terminó mirando hacia adelante: “Vamos a estar siempre con los brazos en alto para sostener la verdad de un mundo que quieren destruir. Y no lo podrán.”
Teleshow habló con él antes del acto:
— ¿Qué lugar ocupa este reconocimiento en su trayectoria?
— Sentí una gran sensación de que alguien había reparado en mi trabajo. No es la costumbre de los fotógrafos estar en estas estructuras. Me parece muy importante que lo hagan, no por mí, sino por toda la gente que hay detrás.
— Comenzó a formarse en una época clásica del cine. ¿Qué de eso conserva hasta hoy?
— Siempre la búsqueda. La dirección que encontrás en el guion, la conversación con los escenógrafos y el director. De golpe vas construyendo todo el campo desde donde expresarte.
— Dijo que iluminar no es solo poner luz, sino descubrir lo que está oculto. ¿Puede dar un ejemplo?
— Es lo que aprendí de Giunisch: respetar lo que tenés enfrente. Encontrar en ese mundo la primera impresión sobre la construcción de la obra. Películas como Fin de fiesta o Los tallos amargos me marcaron mucho por el golpe de vista que tenía.

— ¿Ver películas en plataformas o en el celular modifica el trabajo que hacen?
— Sí. Podés resolver la parte técnica, pero no podés resolver la expresión. No es lo mismo construir una historia en un escenario amplio que meterla en un teléfono.
— ¿Qué recuerda del trabajo en La historia oficial y en El secreto de sus ojos?
— La historia fueron casi tres años de preparación bajo la presión tremenda de los últimos momentos de la dictadura. El secreto me interesó como estructura, como historia. Está muy cerca de lo que yo siento.
— ¿Qué mensaje les dejaría a los estudiantes de cine de hoy?
— Descubrir la verdad. Todo lo malo va a pasar. Va a volver a existir un Instituto del Cine y vamos a poder seguir filmando y transmitiendo lo que sentimos.
El FIC.UBA proyectará Chango, la luz descubre, documental de Alejandra Martín y Paola Rizzi sobre la trayectoria del homenajeado, el viernes 3 de octubre a las 17 en la Facultad de Filosofía y Letras y el martes 6 a las 18 en el Cine Arte Cacodelphia. También podrá verse Un muro de silencio —dirigida por Stantic y con fotografía de Monti—, el martes 6 a las 21 en el Cine Cosmos.UBA y el miércoles 7 a las 17 en Filosofía y Letras. Ese mismo miércoles 7, a las 11, ambos participarán de un seminario especial en la FADU. Todas las funciones son gratuitas.
