La primera plataforma de streaming conducida por personas mayores en América Latina cumplió un año: así funciona Estudio Ledor

Héctor y Perla al frente de

Es 1 de octubre y la tarde recorre las cuatro y media. Héctor —campera liviana de color azul gastado, remera gris, sonrisa confiada— entra al estudio en su silla de ruedas y ocupa su lugar en un extremo, frente al micrófono. Tiene la actitud de quien hizo eso toda su vida y se sabe bueno. Le sigue Perla —saquito marrón claro, pantalón al tono, pañuelo estampado con la paleta del otoño, pelo corto del color de la miel, lentes de montura fina—. Ella entra con un poco más de cautela, una que cuando comience a hablar olvidará y convertirá en disfrute. Pide ayuda para acomodarse. Jonathan Camiser, quien moderará el programa, la asiste.

—Yo te sostengo, vos das el saltito.

Ella lo agarra de la mano, se acerca a la silla frente al micrófono y se impulsa. Se acomoda sobre los almohadones que un día llevó al estudio para quedar a una mejor altura y ya no quitó.

Tiene 85 años. Héctor, 86. Y están a punto de grabar Consultorio de expertos, un programa en el que oyentes y amigos de la casa envían preguntas que ellos responden al aire. Preguntas tan disímiles como si les gusta más ser anfitriones o ir de visita a otras casas; cómo elegir de qué cosas despojarse para no guardar por guardar durante años o qué rincón del barrio de su infancia se les viene a la cabeza rápidamente si lo buscan en su memoria. Pueden ser cotidianas o filosóficas, lo relevante es que son disparadoras de recuerdos, opiniones o asuntos actuales que ellos ponen sobre la mesa —“Tenemos que empezar a debatir algo de inteligencia artificial, tenemos que aprender eso también”, dirá Héctor al finalizar.

Jonathan Camiser —pantalón de gabardina negro, suéter gris, histrionismo magnético— ronda los cuarenta, pero parece menos. Es parte del equipo intergeneracional que lleva adelante Estudio Ledor, uno que combina a periodistas, profesionales especializados en gerontología y jóvenes hacedores de radio y streaming con residentes que tienen ganas de sentarse al micrófono y llevar adelante diferentes programas de temas vinculados a la longevidad. De esto se trata: el proyecto, que acaba de cumplir un año, es una plataforma hecha por personas mayores, pensada especialmente para personas mayores, donde los invitados que empiezan a incorporar son personas mayores o expertas en temas que interpelan a las personas mayores. Es la primera experiencia de este tipo en la región.

Estudio Ledor nació hace un año como un nuevo canal de comunicación del centro Ledor Vador, una plataforma hecha por y pensada para personas mayores. No solo para hablar de lo que sucede en la institución sino como un puente con la actualidad y el mundo (Jaime Olivos)

El estudio es pequeño pero está equipado con todo lo necesario para desarrollar un streaming de calidad. A la altura de cualquiera de los que cultivan espectadores en esta era multiplataforma, multicontenido, multitasking, multitodo. Aunque las condiciones para transmitir en vivo están dadas, para cuidar a los comunicadores y su contenido, y para que no sientan presión, los programas se graban en un falso vivo y luego se editan y se suben a su canal de YouTube.

Ahora, al frente del Consultorio de expertos, cuando el productor les de la señal de largada, y con la conducción de Camiser —“Jony”—, Perla y Héctor desplegarán el oficio que prefeccionan desde hace un año.

—A mí me gusta —dice Héctor—. Primero que no hay que laburar.

—No sé, Héctor. Yo laburo la cabeza —le retruca Perla—. Y vos también.

—Sí, bueno, pero laburás en el momento. Vos venís y ¿sabés de qué vamos a hablar?

—Yo sí, a mí ya me dijeron todas las preguntas —miente y se ríe.

—Saltan a la pileta en serio —dice Camiser— ¿O no?

—Saltamos a la pileta —responde Héctor —. Estamos en el trampolín y no sabemos dónde vamos a caer.

Jonathan Camiser es músico. Aunque dice que no se dedica a la radio, no lo puede evitar: nació en una casa donde se hacía radio, creció en la radio y es el lugar al que siempre regresa. Al micrófono es un pez con el océano a sus anchas.

Perla y Héctor, dicen, jamás habían hecho nada parecido.

La primera vez que se sentó al micrófono Perla estaba “asustadísima”.

—Al día de hoy también, lo que pasa es que Jony lo dirige tan bien que nos hace sentir de la casa.

Cuando el conductor les dice que hay que arrancar (“Bueno: vamos los pibes”), Perla pide: “Chuavecito, chuavechito, eh”.

—Portate bien, ves que no sabés las preguntas, por eso tenés miedo.

— ¡Claro, que voy a saber! Es todo un chiste.

—La vida es un chiste, tenés razón.

—La vida es un chiste.

—Bueno, arrancamos, eh. Vamos.

Y arrancan.

Aunque el estudio tiene las condiciones para transmitir en directo, para cuidar a los comunicadores y no exponerlos a una situación en la que se sientan bajo presión, los programas se graban en un falso vivo y luego se editan y se suben a su canal de YouTube (Jaime Olivos)

Una donación generosa, un proyecto sin precedentes y la posibilidad de hacer streaming desde un centro para adultos mayores

Cuando los residentes del centro y hogar para adultos mayores de la comunidad judía Ledor Vador supieron que iban a tener una radio, lustraron las armaduras y levantaron los escudos. “¿Una radio?”; “Yo no tengo nada para contar”; “A esta altura de mi vida no estoy para eso”; “Nunca voy a pisar ese estudio”. Algunos de ellos eran los más participativos en los talleres y actividades que ofrece el lugar.

El estudio, en medio de la vida armónica y predecible de la residencia, —como todo cambio importante— aparecía como un bicho extraño que se había perdido en el camino a casa y se había colado entre los de otra especie. Algo así como una nave espacial venida de otro planeta que caía en medio de su vida por accidente. Una que estaba por encender micrófonos y luces mientras ellos la miraban desconfiados cuando tomaban el café con leche.

—Al principio era una rara avis que estaba acá implantada —recuerda Jéssica Presman, quien coordina los programas​ de la Fundación Ledor Vador en la que se enclava la residencia del mismo nombre—. Aparte, en todo el trayecto del montaje del estudio la gente preguntaba qué iba a suceder ahí. Y, muchas veces, aparecía un autoprejuicio: “Por favor, no estoy para esto”.

—También hubo curiosidad: mucha —suma Gabriel Katz, especialista en comunicación y gerontología, y el responsable de Estudio Ledor—. Creo que igual esa resistencia no es típica de la gente que vive en un hogar, esa resistencia es humana. Es como si yo te dijera, de repente: “Mirá, mañana vas a empezar un curso para tirarte en globo”. La primera reacción, antes de saber de qué se trata, es miedo o desconfianza. Todos tememos ante lo desconocido. Y cuando lo empezamos a transitar, de repente es: “Ah, mirá, no era tan malo”. Y en un momento: “Che, esto me empezó a gustar”.

Jéssica Presman y Gabriel Katz, junto a Jonathan Camiser y a Martín Seid —que pronto se sumarán a la conversación—, y a Sergio Kuchevasky, director general de la Fundación, son quienes integran el equipo de Estudio Ledor. Antes de ir al programa de Héctor y Perla —al que por un timing azaroso llegamos en el Día Internacional de las Personas Mayores—, conversamos en una mesa de la cafetería del hogar. Un sitio que no se parece en nada a ninguna fotografía que el imaginario colectivo pueda crear sobre una residencia para mayores. Es amplio, luminoso, con ventanales que dejan ver un patio con plantas y hombres y mujeres que vienen y van: en sillas de rueda, con andadores, de manera autónoma o asistida. Es también, por lo que cuentan, “una mini ciudad” —quizás sería más acertado decir un shtetl— en el que viven unas trescientas personas. Ofrece diversas comodidades y más de cien actividades mensuales (“muchas de ellas pedidas por los residentes”, dirá Kuchevasky), como taller literario, análisis de cine, periodismo y el taller de radio, donde aprehenden herramientas para poner en práctica en el estudio multimedia.

Jéssica Presman, coordinadora de programas de Ledor Vador, y Gabriel Katz, especialista en comunicación y gerontología, al frente de Estudio Ledor, son parte del equipo que lleva adelante el proyecto (Jaime Olivos)

A la mesa inicial, en la que Presman y Katz repasan los comienzos del estudio de streaming y su evolución en el primer año de funcionamiento, juntaremos más, y la entrevista terminará siendo un encuentro con unas ocho personas que hablan con orgullo no solo de cómo la rara avis se transformó en una frequens avis en la que incluso hubo problemas de cartel entre los conductores que se disputaban el micrófono y el protagonismo, sino de cómo se transformó en una experiencia que inscribió un hito.

—Todo el capítulo de la radio era muy complejo porque, más allá del espacio en sí mismo, no había una historia de trabajar con adultos mayores en radio —dice Sergio Kuchevasky—. Lo más parecido que teníamos era La Colifata [N. de la R.: creada en 1991 en el Hospital Borda, fue la primera emisora del mundo conducida y producida por pacientes y expacientes de un hospital neuropsiquiátrico], que había tenido el apoyo de Lalo Mir y había sido algo totalmente innovador. Cuando empezamos a trabajar acá el tema de darle visibilidad y voz a los adultos mayores surgió la idea de una radio pero no había mucho backup, no hay. O sea: no hay muchas radios que inviten a adultos mayores, ni una radio que el único hilo conductor sean los temas de adultos mayores y que sea hecha por los adultos mayores. E inclusive con profesionales que se dediquen a la temática de los adultos mayores. Con esa consigna, con la idea de lograr eso, salimos a buscar un donante (porque como somos una fundación, este tipo de cuestiones se financian así y no con el dinero institucional). Apareció un donante y cubrió absolutamente todos los gastos, inclusive los primeros seis o siete meses del funcionamiento de la radio, lo que nos permitió tener un tiempo de entrenamiento y ver cómo iba a pasar, cómo iba a pegar en la comunidad de los adultos, si iban a tener ganas, si iban a engancharse. Y pasaron cosas muy locas.

Entre esas cosas menciona la coincidencia del inicio del estudio justo cuando la mamá del periodista y conductor Andy Kusnetzoff estaba rehabilitándose ahí por una caída, lo que hizo que él supiera del proyecto, se entusiasmara y se ofreciera a mentorearlo. Eso le imprimió impulso y nuevos impactos.

—No solamente para el donante, que vio que el producto valía la pena, sino también con toda la gente: tuvimos una primera parte en la que se nos peleaban los conductores y teníamos que amenizar las distintas situaciones porque de repente todos querían participar y tener su protagónico. Incluso tener su propio programa sin compartir el espacio. Pero, dando vuelta la página, me parece que se generó un proyecto de un potencial tremendo. No solo acá adentro sino hacia afuera: hay otros geriátricos que quieren venir, profesionales que quieren venir a dar charlas, que piden el lugar para grabar. Está muy bien logrado, con un espacio de entrevistas. Está pensado para hacer streaming. Los detalles los conocen más ellos —dice, señalando al equipo que lo lleva adelante— pero nació como una actividad más y terminó creando, a la vez, el taller de radio.

Antes de irse, Sergio Kuchevasky destaca lo que también habían señalado Presman y Katz: lo oportuno que resultó que el proyecto sea contemporáneo a esta época del streaming. Y el acierto de trabajar con falsos vivos, grabar y editar los programas; lo que les permite mostrar lo mejor de lo que los residentes tienen para decir, sin exponerlos a una situación en la que se sientan bajo presión.

Aún así, dice, para muchos grabar el programa es un acontecimiento: se compran ropa, van a la peluquería, se maquillan, repasan sus temas. El estudio de radio les ofrece un evento importante para el cual prepararse cada semana. Y un canal más para levantar la voz.

—Dicen lo que les pasa, lo que les gusta, lo que no les gusta y se pianta alguna queja también. Nosotros decimos: si hay algo que no les gusta, algo que le molesta, si se quejan, está genial porque de eso se trata: que lo puedan decir y manifestar.

—En este lugar encontraron una posibilidad más para canalizar eso —añade Katz—. Y ellos también lo perciben así: como otro espacio para opinar, hablar y también soñar. Es una estrategia de empoderamiento.

Perla dice que la primera vez que se sentó fente al micrófono estaba

Un taller, muchos programas

Antes de que Estudio Ledor comenzara a funcionar, en el nutrido listado de actividades que ofrece el centro ya existía un taller de periodismo, pero estaba más dedicado a los asuntos de la institución y a hacer circular las noticias sobre hechos que les sucedían a los residentes. Según cuenta Jéssica Presman, siempre había estado la idea de armar una suerte de taller de radio, aún antes de que efectivamente tuvieran los micrófonos a disposición. Cuando eso sucedió, la idea se cristalizó casi necesariamente.

—Queríamos trabajar un montón de otras cuestiones en el contexto del taller, más allá del aire. Manipular un poco el material de la vida misma, hacer un contacto con lo que está pasando, con las noticias, y con todos los aprendizajes que eso trae al acompañamiento y a la vida de las personas mayores. Cuando se creó el estudio dijimos: “Esto puede ser una plataforma o un medio, independientemente de que la residencia tenga un estudio de radio”. O sea, queremos romper esa pared de alguna manera. Y no tomarlo como algo muy in house de la residencia, sino como algo que existe, funciona y dialoga con el mundo. Y de a poco empezamos a probar otros formatos que permitan acompañar eso. Porque, obviamente, son personas mayores, no es que hacen radio desde siempre o son periodistas o locutores.

Al frente del taller de radio —que se dicta una vez por semana y, aseguran, está siempre lleno (“a veces 20, a veces 15, a veces 30, a veces 10”)— están Gabriel Katz y Jonathan Camiser. Trabajan sobre la agenda diaria y también abordan herramientas propias del formato radiofónico. Aunque no todos los asistentes están en condiciones de ponerse, luego, frente al micrófono, ellos consideran que el taller “es como el semillero”. A partir de lo que aprenden y comparten ahí se genera un intercambio entre el equipo y los participantes y, con los que pueden y lo desean, se produce el contenido de los programas.

—Nosotros vamos tentándolos —dice Katz—. Tenemos alumnos con distinto nivel de fragilidad, entonces tratamos de que sea también un taller de periodismo, de actualidad, donde la gente que vive acá se conecte con algo que pasa en el día, y después lo que hacemos es ir abordando, replicando lo que pasa acá adentro, en el taller. Porque hay gente que no puede todavía participar de la radio. Entonces, el taller es autónomo en sí mismo pero a la vez está vinculado con la radio.

Presman subraya el rol del equipo como la clave de que los residentes se hayan animado a algo que para muchos era impensado: “Jony, Martín, Juan, también fueron, de alguna manera, garantes de: ‘Bueno, vení, animate, podemos probar’”.

Jonathan Camiser y Héctor, en la puerta de Estudio Ledor (Jaime Olivos)

Cuando miran el camino recorrido, aunque Katz asegura que un año es muy poco y que siente que todavía están comenzando, se dan cuenta de que construyeron mucho. La grilla de programas llevados por los residentes es variada y potente. Y lo que los adultos mayores alcanzaron, después de bajar el escudo, quitarse la armadura y vencer sus prejuicios sobre sí mismos, está a la vista. Y al oído.

—Tenemos grandes improvisadores —dice Camiser—, personas que tienen una labia que la descubren a los 90 años y es espectacular: guionarlos sería casi una lástima; los ves que a veces tienen unos punteos pero a veces nada. Tenemos, por ejemplo, al “Doctor H.”, que es un fenómeno: es un médico que toda su vida atendió familia y al día de hoy yo no le vi una anotación. Debe tener casi 90 y tiene su propio programa. La programación tiene que ver con las inquietudes de cada uno, hay muchos que los conducen ellos, en este caso el doctor Héctor hace El Doctor H, en el que da consejos de medicina. (Tiene su pseudónimo y todo). Es hoy que las familias que él atendió durante muchos años mandan mensajes en YouTube agradeciéndole.

—Él, en su vida, en su trayectoria, fue un médico y esa identidad, cuando llegan a esta residencia, no se corta —suma Katz—. Él sigue siendo esa celebridad ahora en la radio. Esa, para mí, es la síntesis del proyecto. El deseo de la persona mayor no se corta cuando ingresa a esta residencia, se transforma y se conecta, y lo puede canalizar en este estudio.

Entre los programas conducidos por los residentes, además de El Doctor H, enumaran: Naturalmente con Esther, realizado por una mujer a la que siempre le gustaron las plantas y cuenta cosas de jardinería; mencionan a Lidia, quien viajó y escribió toda su vida diarios de viaje, los guardó y ahora los lee al micrófono, frente al que de pronto narra sus aventuras en Egipto de los años 70; Alfombra roja, un ciclo en el que invitan celebridades que son entrevistadas por un o una residente; un programa de meditación, que también lleva adelante Lidia, que fue toda su vida profesora de yoga; A diario, en el que trabajan la agenda de noticias; y Vitalicios, producido y conducido por Martín Seid, que cuenta de qué va.

—Vienen los departamentos de vitalicios de los equipos de primera división de los clubes, dos o tres personas de la comisión, y los juntamos con algún residente hincha de ese equipo a hablar de fútbol, no solo del pasado. El eslogan es que el fútbol es lo más importante de lo menos importante que tenemos y que todos los días el argentino habla y piensa en su equipo. Y hay dos momentos que son muy divertidos y emotivos, más que nada. Siempre empiezan a recordar formaciones viejas y después, la pregunta que les hacemos es qué almorzaron ayer, y no se acuerdan. Cuando se dan cuenta de eso y de que la formación que nos dieron capaz era de hace setenta años, se cagan de la risa. Y el otro momento es cuando le pedimos a los departamentos de los clubes que traigan algún presente para los hinchas que viven acá: un cuadrito, una remera. Ayer, por ejemplo, trajeron un banderín y la persona que lo recibió hasta se lo ponía en la cara, se reemocionó. Lo que tratamos de hacer es no filmarlos en ese momento, el operador cambia de cámara y los dejamos que se emocionen tranquilos.

Para el Mundial hicieron una edición especial llamada Vitalicios Mundial, en la que por cada partido invitaron a un o una periodista deportiva o especializada —Julieta Roffo, de esta redacción, entre ellas— a analizar el encuentro. Y, con la Scaloneta, llegaron a la final.

Sergio Kuchevasky, director general de la Fundación Ledor Vador (Jaime Olivos)

Los objetivos y el foco del contenido estuvieron claros desde el principio: buscaban construir una plataforma hecha por personas mayores, pensada para personas mayores, con temas afines a ellos. Que fuera, también, una forma de conectar con la actualidad, el mundo y las vejeces de afuera. A lo que apuntan cuando reciben invitados, entrevistan a profesionales de la gerontología o a famosos con los que hablan sobre temas relacionados al envejecimiento, la longevidad individual y poblacional.

—Creo que tuvimos claridad enseguida de qué es lo que queríamos contar —dice Presman—, hacia dónde vamos o qué estamos planteando como opción en el campo gerontológico, en el contexto del envejecimiento. Hablamos desde el paradigma de derechos, desde quebrar un poco los prejuicios, la mirada edadista, y tratar de mostrar, primero, que se puede empezar algo a cualquier edad, y, segundo, la diversidad. Empezar a mostrar todas las cosas que existen en este segmento que cada vez es más largo. Y que no es monolítico. Romper con esa idea de “bueno, listo: llegás a una edad, te jubilás, fin”.

—No hay edad para encontrar una vocación —sentencia Camiser—. Hay personas que a los 95 años hacen radio por primera vez y se forman y hacen sus programas y entrevistan a personas que admiran. Donde muchos creen que está la puerta cerrada, ves gente de ochenta y largos, noventis, casi rozando los cien, empezando, haciendo cosas, investigando. Es muy, muy especial lo que se hace.

—En un mundo cada vez más envejecido, en donde tenemos menos hijos, donde está cambiando la pirámide poblacional y hay una explosión de la longevidad, la vejez (que en realidad es una pluralidad, son las vejeces) es la etapa más larga de la vida —apunta Katz—. Tenés décadas por delante cuando sos viejo y que en estos lugares, que están todo el tiempo transformándose, se pueda llevar adelante un proyecto de estas características —que es para mí muy revolucionario—, que personas mayores que viven en una residencia porque, por lo general, perdieron la autonomía o necesitan otros cuidados, no solamente mantengan la dignidad y sus derechos, que es lo que en el mundo hoy se establece como el paradigma de la gerontología, sino que además tengan la capacidad de tener un proyecto y transformar el presente, eso para mí es Estudio Ledor. Y eso se traduce en que médicos que son residentes, amantes de la música que son residentes, escritores, historiadores, trabajadores, comerciantes, puedan encontrar acá una forma de reinventar sus trayectorias y comunicar desde ahí. Nosotros le damos forma a su deseo y lo transformamos en un lenguaje de streaming; a la vez los capacitamos en el taller de radio para que ellos tengan herramientas para desenvolverse. Después, tiene nuestras características que, en realidad, no es una radio por streaming. Muchas veces discutimos: ¿qué somos? ¿Somos una radio? ¿Somos una plataforma? ¿Somos un canal? Bueno, yo creo que somos todo eso. Somos todo eso y a lo mejor somos algo que todavía no tiene categoría.

—Una comunidad.

—Sin duda. Somos una comunidad que hace radio.

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Después de un año con la plataforma multimedia en funcionamiento, de aprender herramientas en el taller de radio y derribar sus propios prejuicios, muchos de los residentes llevan adelante programas en los que reflejan sus inquietudes, sus trayectorias profesionales y hablan de temas de los que saben, desde la voz de la experiencia (Jaime Olivos)

En Estudio Ledor, cuando dan las cinco de la tarde y la señal de Aire se apaga, después de responder que les gusta más ir de visita que ser anfitriones, salvo que se trate de recibir a los nietos; de pensar qué feriado inventarían si pudieran y recordar esas pastillas que compraban en el almacén del barrio y son un flechazo directo a la infancia, Héctor dice que me vio con ganas de acercarme al micrófono y Perla saca de algún sitio que no llego a ver —¿una cartera, un saquito?— bombones para todos y nos reparte uno a cada uno. Conversamos unos minutos sobre lo cómodos que se los ve haciendo radio por streaming. Hablamos de los medios, de cómo eran antes, de cómo son ahora, y ellos nos despiden y se despiden hasta alguna otra actividad: una comida, un pasillo, o hasta el próximo programa.