Cuando dejó su empleo y llegó al lugar donde imaginaba empezar de nuevo, el salvadoreño Yohalmo Díaz solo tenía 30 dólares, una mesa hecha con dos tablas, una banca y la decisión de no abandonar el campo.
Años después, ese impulso se convirtió en Finca Rancho Montebrio, el proyecto con el que el agrónomo y caficultor construyó una nueva etapa tras décadas de trabajo en la zona occidental de El Salvador.
En una entrevista con Infobae Centroamérica, Díaz repasó una vida atravesada por el trabajo rural, las dificultades económicas de su infancia, la formación profesional y un despido que coincidió con la compra de la finca que cambiaría su rumbo.
Nació y creció junto a sus dos hermanos en una familia con limitaciones materiales. Sus padres trabajaban en el campo y, pese a las dificultades, priorizaron la educación de sus hijos. Los tres llegaron a ser profesionales en distintas áreas de la ingeniería.

Desde niño, Díaz acompañaba a sus padres en las labores agrícolas. Durante las vacaciones escolares, mientras algunos compañeros planeaban viajes, él sabía que debía volver al campo para ayudar a su familia.
“Yo en vacaciones lo que tengo que hacer es ayudarle a mi papá a trabajar el campo”, recordaba que les decía a sus compañeros.
La educación como camino
Su vida escolar exigió sacrificios desde temprano. Cursó el bachillerato agrícola en Sonsonate, lejos de su casa en el cantón Valle Nuevo, en Juayúa. Como las clases terminaban después de que saliera el último bus hacia su comunidad, su padre pagó su estadía en la ciudad durante los tres años de estudio.
Al terminar el bachillerato, la situación económica de la familia limitaba sus opciones. Su padre le planteó una alternativa concreta: la Escuela Nacional de Agricultura, donde el internado incluía alojamiento, comida y formación a cambio de una cuota mensual de 150 colones.
Díaz ingresó en 1988 y se graduó como agrónomo en 1991. Durante su formación descubrió que quería dedicar su carrera al café. La materia de Caficultura fue la que obtuvo la calificación más alta de todo su plan de estudios.
El 28 de agosto de 1991 recibió su título. Once días después, el 9 de septiembre, comenzó a trabajar en una finca de 200 manzanas como administrador, cuando tenía 23 años.
“En esos tiempos no había Google, no había Internet, no había teléfonos, no había celulares”, relató. Aun así, asumió la responsabilidad de conducir una empresa agrícola de gran escala.
Un despido y la compra de una finca abandonada
Durante cerca de tres décadas, Díaz trabajó para distintas empresas y productores. El punto de quiebre llegó el 15 de agosto de 2009.
Ese día fue despedido de una de las compañías más importantes del país. La fecha coincidió con la firma para comprar la finca que luego sería la base de su emprendimiento. El terreno estaba abandonado y la operación implicaba un crédito elevado. La pérdida del empleo y la adquisición de la propiedad ocurrieron al mismo tiempo. Díaz recuerda que, al caer la tarde, llegó a la finca y se preguntó qué podía construir allí.
“¿Y qué vamos a hacer en este lugar? Yo quiero hacer algo que sea diferente”, se dijo entonces.
A partir de esa incertidumbre nació Finca Rancho Montebrio, concebida como una iniciativa propia después de años de experiencia en el sector. El proyecto comenzó a tomar forma en 2010, cuando Díaz inició una nueva etapa con su familia y su conocimiento acumulado.
La pandemia como punto de inflexión
En 2020, en medio de la pandemia, Díaz decidió renunciar a los trabajos que mantenía para concentrarse por completo en su iniciativa. No contaba con una estructura consolidada ni con recursos suficientes para garantizar el resultado.
Llegó al espacio donde hoy desarrolla parte de su actividad con una mesa improvisada, una banca y dinero apenas suficiente para cubrir lo inmediato. “La gente me preguntaba qué iba a hacer en ese lugar y básicamente no tenía una respuesta”, contó.
Con el paso del tiempo, el sitio se transformó en un punto de encuentro para visitantes y clientes. Díaz asumió tareas que antes había delegado o realizado dentro de otras empresas: atiende, prepara café y recibe a quienes llegan para conocer su historia.
El crecimiento de su emprendimiento también alimentó una idea que va más allá de su producción. Su objetivo, dijo, es que el proyecto pueda servir de apoyo para otros caficultores que necesiten comercializar lo que producen.
“Si a nosotros nuestra capacidad ya no da, podemos empezar a asociarnos con otras personas que produzcan buen café y podérselos comercializar también”, afirmó.
Su historia quedó ligada a la convicción de que el campo podía seguir siendo un lugar desde el cual empezar de nuevo.
