
Una persona puede tomar leche, comer queso o disfrutar un helado durante años sin sentir ninguna molestia. Sin embargo, con el tiempo puede empezar a notar dolor abdominal, hinchazón o diarrea después de consumirlos. La intolerancia a la lactosa puede aparecer en la adultez, incluso en quienes antes incorporaban lácteos a su dieta sin dificultades. La gastroenteróloga Hamita Sachar, de Yale Medicine, explicó que este cambio suele deberse a una menor capacidad del cuerpo para digerir la leche y sus derivados.
Aunque puede causar incomodidad, en la mayoría de los casos no representa un problema grave ni obliga a dejar por completo estos alimentos. Reconocer qué cantidad tolera cada persona permite ajustar la alimentación sin descuidar sus necesidades nutricionales. Si las molestias persisten, conviene consultar con un profesional para evaluar otras posibles causas.
La lactasa puede disminuir con los años
La lactosa es el azúcar natural de la leche. El intestino delgado produce lactasa, una enzima que la descompone para que el organismo pueda aprovecharla. Durante la infancia, la producción de esta enzima suele ser alta; con el tiempo, puede reducirse y hacer más difícil la digestión de algunos productos.
Si la lactosa no se descompone, sigue su recorrido hasta el intestino grueso. Allí, las bacterias la fermentan y producen gases, que pueden causar hinchazón y cólicos. También atrae agua hacia el intestino, por lo que algunas personas tienen diarrea.

Sachar contó a Yale Medicine que estas molestias aparecen con frecuencia entre los 20 y los 30 años, aunque también pueden comenzar más tarde. “Los jóvenes llegan a la consulta y dicen: ‘Antes tomaba mucha leche y ahora casi no puedo consumirla sin tener que correr al baño’”, relató la especialista.
La herencia genética también influye. Según la institución, la intolerancia es más común entre personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y menos frecuente en poblaciones del norte de Europa.
Esta diferencia se relaciona con la historia de los grupos que criaron animales para producir leche y la incorporaron a su alimentación durante generaciones.
Las molestias suelen surgir a las pocas horas de consumir leche
Los síntomas más habituales son hinchazón, dolor abdominal, gases, heces blandas y diarrea. Por lo general, aparecen en las horas posteriores a tomar leche o comer helado, aunque cada organismo responde de una manera distinta.
Algunas personas presentan molestias con un vaso de leche, mientras que otras toleran pequeñas porciones y reaccionan solo después de una cantidad mayor. También pueden influir los demás alimentos de la comida y problemas digestivos previos, como el síndrome de intestino irritable.

Para Sachar, lo más importante es advertir un cambio respecto del patrón habitual. La médica señaló a Yale Medicine que una modificación que se aparta de la rutina puede orientar el diagnóstico.
La intolerancia no es lo mismo que la alergia a la leche. La alergia es una reacción del sistema de defensa del cuerpo frente a las proteínas de la leche y puede causar urticaria, vómitos, eccema, dolor abdominal o dificultad para respirar. Suele aparecer en la infancia. La intolerancia, en cambio, se debe a una digestión incompleta de la lactosa y no activa ese sistema.
El diagnóstico puede comenzar con cambios en la alimentación
Existe una prueba de hidrógeno espirado que puede ayudar a detectar la intolerancia a la lactosa. Para realizarla, la persona toma una dosis de lactosa y luego exhala en distintos momentos durante unas cuatro horas. Si el nivel de hidrógeno aumenta de forma marcada, puede indicar que las bacterias fermentaron lactosa que el intestino no absorbió.
Sin embargo, el estudio no siempre es necesario. El profesional puede orientarse por los síntomas, la edad, los antecedentes familiares y la relación entre las molestias y el consumo de leche. A menudo, el primer paso es dejar los lácteos por un período breve y comprobar si hay mejoría.

Si los síntomas continúan después de dos semanas sin lácteos, es aconsejable consultar a un médico. La persistencia de las molestias puede estar vinculada con otros problemas, como un exceso de bacterias en el intestino delgado, enfermedad celíaca o enfermedad inflamatoria intestinal.
También requiere consulta la presencia de sangre en las heces, fiebre, pérdida de peso sin causa aparente o síntomas que despiertan a la persona durante la noche. Esas señales no son propias de la intolerancia común a la lactosa y pueden requerir otros estudios.
Los quesos curados y el yogur suelen aportar menos lactosa
No todos los productos derivados de la leche tienen la misma cantidad de lactosa. Un vaso de leche contiene cerca de 12,6 gramos, mientras que media taza de requesón aporta aproximadamente 3 gramos.
Los quesos duros y curados suelen ser mejor tolerados porque buena parte de la lactosa se retira con el suero durante su elaboración. En la maduración, las bacterias consumen una parte de la que queda. El yogur también puede causar menos molestias gracias al proceso de fermentación.

Otra opción es la leche sin lactosa, a la que se añade lactasa para descomponer el azúcar antes de su consumo. Algunas personas usan comprimidos o gotas de esa enzima antes de comer alimentos con leche; la cantidad necesaria depende de la porción y de la tolerancia individual.
“Es molesto como el infierno, pero no te quita ni un día de vida”, recordó Sachar al citar a un médico con quien se formó. La especialista señaló que el cuadro suele poder controlarse y recomendó pedir orientación médica o nutricional cuando sea necesario ajustar la alimentación.
Reducir los lácteos exige cuidar el consumo de calcio y vitamina D
Quienes limitan estos alimentos deben revisar que su dieta mantenga un aporte suficiente de calcio y vitamina D. La leche y sus derivados son una fuente de esos nutrientes, pero algunas bebidas vegetales enriquecidas también los contienen. Conviene leer la etiqueta, porque su composición puede variar entre marcas.
El objetivo es encontrar una forma de comer que evite las molestias sin dejar de aportar los nutrientes necesarios. Probar porciones pequeñas, elegir yogur o quesos curados, recurrir a productos sin lactosa y consultar ante dudas son medidas que pueden ayudar a sostener una dieta adecuada.
