En los bosques tropicales de Panamá viven insectos de menos de un centímetro que mantienen conversaciones sorprendentemente complejas sin emitir sonidos como los percibimos los humanos.
Son los membrácidos, pequeños animales reconocibles por una llamativa estructura semejante a un casco sobre su cuerpo, pero capaces de pasar inadvertidos entre tallos y hojas pese a su peculiar apariencia.
Su secreto está en las plantas. Según una investigación divulgada por el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI), los membrácidos se comunican mediante vibraciones que transmiten por los tallos.
Sujetan sus patas a la planta y sacuden o hacen rebotar rápidamente el abdomen, generando señales que viajan por el tejido vegetal hasta ser detectadas por otros individuos a través de sus patas.
Para una persona que observa la escena, aparentemente no está ocurriendo nada, porque los humanos no pueden escuchar ni sentir directamente esas señales. Pero cuando los científicos registran las vibraciones y las convierten en sonidos audibles, aparece una comunicación inesperadamente elaborada.
Algunas señales cambian de tono, incorporan pulsos y pueden prolongarse durante el intercambio entre dos ejemplares.
La investigadora postdoctoral de NOMIS-STRI Judith AH Smit estudia precisamente ese lenguaje oculto. Al escuchar las grabaciones obtenidas durante sus experimentos, encontró una comparación difícil de imaginar para animales tan pequeños: las señales producidas por las hembras pueden recordar al canto de las ballenas, con respuestas prolongadas cuyo tono disminuye gradualmente.
Los membrácidos, conocidos en inglés como treehoppers, pertenecen a un grupo extraordinariamente diverso, con más de 3,000 especies conocidas alrededor del mundo.
Panamá ofrece un escenario privilegiado para investigarlos: existen alrededor de 300 especies descritas en el país, y Guayaquila gracilicornis, utilizada por Smit en sus estudios, resulta particularmente abundante en Gamboa.
Una de sus características más reconocibles es el pronoto desarrollado que forma estructuras parecidas a cascos, espinas o extensiones sobre el cuerpo. A pesar de ese aspecto extravagante, su reducido tamaño facilita que permanezcan escondidos.
Para Smit, encontrarlos resulta relativamente sencillo una vez que se aprende dónde y cómo buscarlos entre la vegetación tropical.
Pero la parte más fascinante aparece cuando buscan pareja. El cortejo funciona como un auténtico dúo entre macho y hembra, en el que cada uno produce su propia señal vibratoria. Smit lo compara con el conocido juego infantil de “Marco Polo”: uno llama, el otro responde y ese intercambio proporciona información que permite localizar al compañero sobre la planta.
El macho de Guayaquila gracilicornis produce una vibración compleja que puede pasar de tonos bajos a altos e incorporar pulsos, mientras una hembra receptiva responde con otra señal. A medida que intercambian mensajes, ambos pueden modificar su comportamiento durante la búsqueda, hasta reducir la distancia que los separa y finalmente encontrarse sobre el tallo.
Este comportamiento también cuestiona una visión tradicional de la comunicación animal centrada principalmente en machos que cantan, bailan o realizan exhibiciones para atraer pareja.
Las observaciones del Smithsonian muestran que las hembras de estos membrácidos desempeñan un papel activo, responden a las llamadas y pueden influir en la manera en que el macho se comporta durante el cortejo.
Durante el cortejo, el macho de Guayaquila gracilicornis produce una compleja señal vibratoria con cambios de tono y pulsos, mientras espera la respuesta de una hembra receptiva.
Para descubrir cómo funciona esa conversación, Smit trabajó junto con Maria Paz Rueda Rodríguez y Omar Morosse, quienes recolectaron ejemplares y sus plantas hospedantes para estudiarlos en los laboratorios del STRI en Gamboa.
Allí, machos y hembras preparados para aparearse fueron colocados juntos en recintos instalados en ambientes tranquilos para registrar sus interacciones.
Captar algo que una persona no puede percibir exige instrumentos especialmente sensibles. Los investigadores utilizaron acelerómetros capaces de amplificar las vibraciones y un vibrómetro láser Doppler, que mide el tiempo empleado por un rayo láser para viajar hasta la planta y regresar.
Así pueden detectar movimientos diminutos y transformar esas señales físicas en sonidos que los científicos sí pueden escuchar y analizar.
El equipo fue todavía más lejos y reprodujo artificialmente las “conversaciones” para observar cómo reaccionaban los insectos. Mediante un dispositivo similar al mecanismo que hace vibrar un teléfono celular, transmitieron señales por las plantas.
Los investigadores pudieron alargarlas, modificar su tono y cambiar determinadas características, comprobando después si los membrácidos respondían o alteraban su comportamiento.
El experimento busca responder una pregunta mayor: hasta qué punto estos pequeños animales pueden modificar su comunicación dependiendo de quién está al otro lado.
Comprender esa flexibilidad permitiría conocer mejor cómo seleccionan pareja y cómo ajustan su comportamiento durante las interacciones sociales, un terreno mucho menos estudiado que la comunicación mediante sonidos.
Las vibraciones, además, no constituyen una rareza exclusiva de los membrácidos. Otros animales utilizan movimientos transmitidos por superficies para comunicarse; investigadores del STRI han estudiado, por ejemplo, arañas lobo cuyos machos vibran el abdomen y golpean sus patas durante el cortejo, mostrando que existe todo un universo de señales fuera del rango sensorial humano.
El trabajo también abre interrogantes sobre cómo estas formas de comunicación responden a un ambiente transformado por las actividades humanas.
Smit está interesada en conocer qué ocurre ante factores como contaminación lumínica, ruido o calentamiento global y si los animales pueden modificar sus señales y conductas para adaptarse a condiciones diferentes de aquellas en las que evolucionaron.
Para la investigadora, estudiar animales tan pequeños obliga finalmente a salir de la “burbuja sensorial” desde la que los humanos interpretamos la naturaleza. Mientras prepara junto con sus estudiantes la publicación de los resultados, los membrácidos de Panamá revelan un mundo de duetos, llamadas y respuestas que siempre estuvo allí, viajando silenciosamente por los tallos sin que pudiéramos escucharlo.
