
Una enfermedad incurable. Mortal. Marcada por el estigma social de la época y, sobre todo, por el desconocimiento. Y un nombre que hacía estremecer al jet set de Hollywood: Rock Hudson. El actor había sido diagnosticado con SIDA en 1984. Por entonces, el VIH, el virus que provoca el síndrome, acababa de ser identificado y todavía era conocido con otros nombres, como HTLV-III. Y en muchos casos al SIDA se lo mencionaba despectivamente como “la peste rosa”, basándose en la falsa creencia de que era una afección privativa de los homosexuales.
Desde entonces comenzó el gran derrotero de Hudson. Primero, para tratar de mantener en secreto su padecimiento. Y, después, para buscar tratamientos experimentales que le permitieran mantener la esperanza frente a lo que parecía una sentencia de muerte. Pero la ciencia estaba muy lejos de lograr los adelantos de hoy en día, que permiten que una persona con VIH pueda llevar una vida cotidiana con tratamiento. Por eso, cuando en junio de 1984 su diagnóstico fue confirmado, supo perfectamente lo que le esperaba. Más de un año después, en julio de 1985, su diagnóstico se hizo público.
En menos de un año su estado de salud se había deteriorado al punto de hacerse inocultable. La noticia, que se reflejó en todos los medios de comunicación, conmovió al mundo entero. También hizo que Rock fuera señalado por su orientación sexual. Es que, hasta ese momento, la industria cinematográfica había obligado al actor a esconder su homosexualidad para poder ser tenido en cuenta por los directores. ¿O a alguien se le podía ocurrir por esos años que un gay pudiera encarnar a un heterosexual en una ficción? Sin embargo, Hudson le hizo frente a la situación. No tenía alternativa.
Por otra parte, su caso hizo que se desechara el prejuicio que indicaba que la “nueva enfermedad” que había empezado a manifestarse era exclusiva de los sectores marginales. Despertó las alertas. E hizo que el debate sobre la prevención, hasta ese momento la única herramienta con la que se contaba para enfrentarla, llenara horas de televisión. También incentivó la necesidad de fomentar la investigación y hacer foco sobre la atención médica que los pacientes inmunodeficientes requerían.

Hudson no se lo propuso. No lo tenía en mente. Tampoco se lo hubiera podido imaginar. Pero de un día para el otro pasó de ser una estrella a convertirse en un referente de algo que venía a cambiar la realidad de toda la sociedad. Se dejó de hablar de “sexo libre” para hacer hincapié en el “sexo seguro”. Y se empezó una campaña de concientización, que incluyó un reclamo para que se destinaran fondos para el estudio de este virus que había llegado para quedarse. De hecho, el mismo Rock donó 250.000 dólares a una fundación destinada a estos fines.
Lamentablemente, los resultados no llegaron a tiempo para él. El 2 de octubre de 1985, apenas tres meses después de que su enfermedad se hiciera pública y con tan solo 59 años, Hudson murió por los problemas derivados de su enfermedad. Y sin quererlo, mucho menos buscarlo, marcó un antes y un después. Porque su pérdida puso en primer plano la dimensión de una epidemia que la medicina todavía no sabía controlar y contribuyó a multiplicar la atención pública y las donaciones destinadas a la investigación.
Nacido el 17 de noviembre de 1925 como Roy Harold Scherer Jr., el actor se crió en el estado de Illinois, Estados Unidos. Fue el único hijo del matrimonio compuesto por un mecánico de automóviles, Roy Harold Scherer Sr., y una ama de casa devenida en operadora telefónica, Katherine Wood. Su infancia no fue fácil, ya que después de la depresión financiera de los 30, su padre perdió el trabajo y se fue de su casa. Luego su madre contrajo matrimonio con un ex oficial del cuerpo de marina llamado Wallace Fitzgerald, quien lo terminó adoptando y le puso su apellido, a pesar de propinarle malos tratos.
Rock comenzó a interesarse por el teatro cuando era un adolescente. Pero, en 1944, se alistó en la marina y tuvo que prestar su servicio en la Segunda Guerra Mundial. Apenas terminó el conflicto bélico, se mudó a Los Ángeles dispuesto a triunfar como actor. Allí fue descubierto por el agente Henry Willson, quien lo rebautizó con su nombre artístico y lo ayudó a convertirse en un galán de Hollywood como los que cotizaban alto en aquella época.

Magnificent Obsession, All That Heaven Allows, Written on the Wind, Giant, Pillow Talk y Seconds son algunas de las más de 60 películas en las que trabajó a lo largo de su carrera. Empezó con papeles pequeños, pero de a poco fue construyendo una imagen ideal para los requerimientos de la industria. Si bien en los sets de filmación todos sabían que era gay, debía ocultarle esto al gran público. Y así fue como el 9 de noviembre de 1955 terminó casándose con Phyllis Gates, la secretaria de su mánager, de quien se divorció en 1958 sin haber traído hijos al mundo.
Recién después de la muerte de Hudson, salieron a la luz los nombres de algunos hombres con los que había compartido su vida en secreto. Se habló de Lee Garlington, un actor y corredor de bolsa con el que habría estado en pareja en los años 60. También se mencionó a Tom Clark, un publicista con el que habría apostado a la convivencia, aun a riesgo de ser descubierto. Y por último se conoció su supuesta relación con Marc Christian MacGinnis, quien al no haber sido incluido en el testamento, tras la muerte de Rock hizo una demanda contra la herencia alegando que el actor no le había informado que tenía una enfermedad de transmisión sexual. El hombre dijo que se enteró del diagnóstico por los noticieros y terminó ganando un juicio millonario, aunque a él los análisis de VIH siempre le dieron negativo.
El caso de Hudson expuso todo lo que generó en la sociedad de los 80 la llegada de un virus que la medicina no estaba preparada para enfrentar.
