
Ya pasaron 44 años y se siguen llamando por el grado que tenían en la guerra. Juan José Gómez Centurión, mayor retirado, sigue siendo subteniente; Jorge Pacheco, retirado como suboficial mayor, cabo y José Esparza, empleado bancario durante más de treinta años, soldado, y así sigue la lista. A los hombres de la Sección Romeo, una de las tres que se formó en el seno de la compañía C del Regimiento de Infantería 25 para participar de la recuperación de las islas, los sigue uniendo una misión: más allá de la camaradería inquebrantable forjada en la trinchera, se propusieron homenajear a sus muertos en las comunidades donde nacieron y vivieron. Este sábado le toca al soldado Ricardo Andrés Austin, uno de los caídos heroicamente en el durísimo combate de Pradera del Ganso.
El 26 de marzo de 1982 por la mañana el teniente coronel Mohamed Seineldín había impartido la orden de operaciones “Recuperación de las Islas Malvinas” a los oficiales bajo juramento de secreto. Allí se formó la Compañía de Infantería del 25. De 110 hombres, cuyo jefe era el teniente primero Carlos Esteban, tendría tres secciones: “Bote”, a órdenes del teniente Roberto Estévez; “Gato”, del subteniente Roberto Reyes y “Romeo”, al mando del subteniente Juan José Gómez Centurión. En esa sección de 36 hombres, uno de los soldados era Austin.
Luego del operativo de recuperación, en la que la sección Romeo no participó activamente, se recibió la orden de consolidar Pradera del Ganso y Darwin, sede de la Faklands Islands Company. Hacia allí fueron en el buque Isla de los Estados.

Le cupo la misión de patrullaje y organización de la población, el 24 de abril hicieron el juramento a la bandera y en la madrugada del 1 de mayo supieron que la guerra había comenzado cuando desocuparon a las apuradas la pista del aeródromo, ya que desde Puerto Argentino les habían alertado que se venía un ataque aéreo inglés.
Para los británicos, Pradera del Ganso no era un objetivo imprescindible, pero buscaban una victoria rápida y levantar la moral. Pero las cosas no saldrían según lo planeado: esa batalla integraría el ranking de las 100 más difíciles libradas en la historia de la infantería británica.
El bautismo de fuego de la sección fue el jueves 27 de mayo, pasada la medianoche. Los británicos decidieron arremeter hacia Pradera del Ganso, con el 2do Batallón de Paracaidistas, reforzado con una Compañía del Batallón 40 de Infantería de Marina dotado con misiles Milan y apoyados por una batería de cañones de 105 mm, dos fragatas para cañoneo naval y apoyo aéreo de Sea Harriers.
Estas líneas no intentan recrear una batalla de 36 horas de duración, en la que participaron diversas unidades en distintos terrenos y situaciones. Trataremos de comprimir lo protagonizado por los hombres de la sección Romeo, cuyas vivencias están descriptas en el libro “Sección Romeo ¡Sí, Juro!”, cuyo autor es Jorge Pacheco, un cabo de 19 años, la misma edad de sus soldados.

Ellos estaban en el sector de Bodie Creek, junto al puente colgante de 120 metros que se usaba para cruzar las ovejas a través del río. Al escuchar desde lejos el fragor del combate y como no recibían órdenes, el jefe subteniente Juan José Gómez Centurión, de 23 años, decidió desandar los cuatro kilómetros y medio y marchar, en medio de una llovizna, hacia Pradera del Ganso.
La sección, así como todos los efectivos argentinos, se trabarían en un duro combate con los ingleses. Al intentar llegar a una altura, comprobaron que ya había sido tomada por los ingleses y al regresar por otro camino se toparon con fuerzas enemigas.
Ya en la mañana, se decidió armar un contraataque para frenar al 2do Batallón de Paracaidistas, que se venían con los Royal Marines, con la manifiesta intención de rodear a las fuerzas argentinas; fueron frenados por los argentinos quienes les ocasionaron muertos y heridos.

Los británicos, alzando sus fusiles sobre encima de sus cabezas, pidieron parlamentar, con la intención de ganar tiempo y ubicarse en un terreno más favorable. Cuando Gómez Centurión negó el ofrecimiento de rendición del jefe británico, el fuego de ametralladoras enemigas, dispuestas en una altura, desencadenó nuevamente el fuego. En ese tiroteo, murió el jefe inglés, el teniente coronel Herbert Jones.
Mientras Gómez Centurión se arrastraba de su posición hacia una ametralladora que se había trabado, un disparo en la frente terminó con la vida del soldado santacruceño José Honorio Ortega, cuya esposa estaba embarazada de mellizas. La familia conserva media docena de cartas suyas. En la primera, fechada el 9 de abril, escribió en imprenta y en mayúsculas “Llegué a Malvinas”. Había ido como voluntario.
Dos ametralladoras británicas mantenían a raya a los argentinos, que recibían sus disparos desde un flanco. Entonces Gómez Centurión ordenó al sargento Sergio Ismael García que con dos soldados ocupase una posición para batirlas.
El sargento eligió a los soldados Ricardo Austin y José Allende. “¡Allende y Austin, conmigo!”, ordenó el suboficial, quien en la sección sobresalía porque siempre tenía un chiste a mano o una palabra de aliento y que se preocupaba constantemente por el bienestar de los soldados. Recientemente había sido papá y en sus cartas a su esposa le pedía que le enseñara a su hijo, al que llamaba “Yayito”, a sentirse orgulloso de él y que siempre rezaran por él.

En ese ataque a las ametralladoras enemigas, los soldados fueron los primeros en caer, cuando intentaban sortear un alambrado. José Luis Allende era un albañil cordobés, fanático del cuarteto, que vivía en la ciudad de Leones. Por su especial picardía, había sido nombrado jefe de uno de los equipos de tiradores. Austin era jefe de otro.
El sargento, herido, intentó continuar y también fue alcanzado. Falleció aferrando un rosario.
También el cabo Miguel Avila, cuando cambiaba de posición, cayó por el impacto de una esquirla de mortero en pleno rostro. Era un jujeño, introvertido, al que le costaba el tuteo, que encontró la muerte combatiendo junto a la sección de Estévez.
El combate era generalizado y, en medio de gritos, órdenes y explosiones, se veía cómo eran alcanzados hombres de ambos bandos.
El soldado Miguel Angel Canyazo recibió un disparo en la cabeza: el proyectil le entró por la frente, le rodeó el cuero cabelludo y le salió por la nuca. Tenía la cabeza abierta como una flor, pero estaba vivo. Gómez Centurión le dio la extremaunción, rezó un Padrenuestro, le hizo la señal de la cruz y le ordenó al soldado Aguilera que lo cargase. Sobreviviría a la guerra.

Mientras tanto, el cabo Héctor Rubén Oviedo y el soldado José Esparza disparaban sin parar para cubrir a los hombres que buscaban una mejor cubierta. El jujeño Oviedo fue muerto por disparo en la clavícula y Esparza quedó herido cuando un proyectil le cortó el nervio ciático. Estuvo nueve meses internado y perdería la sensibilidad y la movilidad de los dedos del pie izquierdo.
Cuando los británicos intentaban rodear a la sección y, ante la falta de municiones, se ordenó un repliegue escalonado. Fue cuando abatieron al soldado Ramón Angel Cabrera, que disparaba parapetado detrás de los restos de un Pucará. Cabrera era un albañil cordobés que adiestraba caballos de carrera.
Hirieron seriamente en una pierna al cabo cocinero Andrés Fernández, de 24 años, quien no pertenecía a la sección pero que había decidido sumarse luego de tomar un fusil de un soldado herido que estaba en la enfermería. Se darían cuenta de su presencia durante el combate.
Sus heridas eran de tal gravedad que no era conveniente moverlo. Mientras el soldado Alamo disparaba rodilla en tierra para cubrirlos, le hicieron un torniquete con un pañuelo de paracaidista, y lo calmaron diciéndole que a la noche volverían por él.
Ningún soldado quería obedecer la orden de repliegue sin irse con su jefe de sección. Y así lo hicieron hasta la entrada del pueblo, donde efectivos del regimiento 12 los cubrieron.

El plan era descansar dos horas y luego idear cómo romper el cerco enemigo o armar un contraataque. Los 36 hombres de la sección habían soportado doce horas de combate. José Esparza, en diálogo con Infobae, remarcó: “no sabemos por qué estamos vivos”. La sección tuvo siete muertos -tres suboficiales y cuatro soldados- y 14 heridos.
Esa noche Gómez Centurión, con los soldados José Aguerrebengoa y José Carobio, dos muchachos corpulentos, fueron a buscar a Fernández, quien se había hecho el muerto cuando una patrulla inglesa pasó a su lado. Fue una operación compleja porque los ingleses hacían fuego exploratorio y un helicóptero sobrevolaba la zona. Demoraron más de dos horas en ubicarlo y se orientaron por sus gritos de dolor. Consiguieron llevarlo a resguardo, mientras le tapaban la boca para que el enemigo no escuchase sus quejas. El no se acuerda de nada, recién recobraría la conciencia en el puesto sanitario. Perdería dos dedos y le colocarían un clavo en la cadera. “La guerra me enseñó a ser más humano, a ser buena persona, a valorar lo que uno hace”, sostendría años después.
En la mañana del sábado 29, no se escuchaban disparos y supieron que se estaba arreglando la rendición. Se dedicaron a desarmar el armamento y tirar las piezas al mar. Se dirigieron en formación y encerrados en un galpón. El 31 fueron llevados a San Carlos, de ahí al Sir Galahad, donde los llevaron a Bahía Ajax y finalmente embarcados en el Norland. El 13 de junio desembarcaron en Montevideo.
Tecka es una localidad situada en el noroeste de la provincia de Chubut, sobre la ruta 40, a unos cien kilómetros de Esquel. Fundada el 11 de julio de 1921, de esa ciudad era Austin.
De apellido galés, heredado de un abuelo que había emigrado a Trevelin y que se dedicó al cultivo de árboles frutales, Ricardo Andrés, o simplemente Andrés, como lo llamaban en la familia, era un chico de campo, que le gustaba la doma. Nacido el 31 de octubre de 1963, era amable y empático, cuando fue incorporado se caracterizaba por su perfil bajo, de un carácter serio, pero que siempre estaba predispuesto a realizar cualquier tarea. Según sus superiores, tenía un plus aparte, era de esas personas siempre atentas a las que no se necesitaba decirle qué hacer. Su rol en la sección fue el de tirador y lanzagranadas. Su mamá Celinda Espinoza, viuda y con los años vuelta a casar, se enteraría semanas más tarde que había ido a Malvinas. En sus cartas, él le contaba que estaba en las islas para defender a la Patria.
La idea de los integrantes de la sección Romeo es la de homenajear a sus muertos en las comunidades a las que pertenecían, porque aseguran que no son las fuerzas armadas las que forjan a un héroe, sino que los determinantes son los valores inculcados en la familia, la escuela y en la comunidad. Por eso, a lo largo de los años, estuvieron en San José, Entre Ríos, donde colocaron una placa en honor a García; en Jujuy recordaron a los cabos Oviedo y Avila, donde se conservan dos bustos; en Leones por el soldado Allende o en Santa Cruz por Ortega. En cada una de esas localidades, se organizan actos en los que participan vecinos y autoridades. Se lamentan que en la posguerra, José Luis Ceballos, Héctor Andrés Carrera y Enrique Antonio Culaso, soldados de la sección, ya fallecieron.
En el caso de Austin, colocarán un busto en la Escuela 17, donde cursó parte de la primaria, porque la terminó en Carrenleufú, a cien kilómetros más hacia el oeste, al pie de la cordillera.
No será el primer reconocimiento al soldado caído. En 1988, sobre la ruta 40, se inauguró una estatua que, como no fue hecho con los materiales adecuados para soportar el duro clima patagónico, se fue deteriorando. Años después, cerca, se levantó otro, de cuerpo entero, llevando una bandera, con su madre a su lado. También hay una avenida y una plazoleta que llevan su nombre.
Su madre también es recordada. Celinda, de carácter jovial y alegre, con la muerte de su hijo cambió por completo y se transformó en otra persona. Iba a todos los actos conmemorativos y se acercó a los veteranos, porque decía que en ellos vivía una parte de su hijo. Era infaltable su presencia en los actos del 2 de abril en Tecka y el 28 de mayo en la sede del regimiento.
Los restos de su hijo fueron identificados en 2017, cuando dijo: “yo quiero que ahora lo dejen tranquilito en la tumba que está”.

Falleció el 4 de mayo de 2022 y a instancias de los veteranos, el 2 de abril del año siguiente se bautizó a un puente sobre la ruta 40 con el nombre de “Celinda Espinoza. Madre del soldado Ricardo Andrés Austin caído en las Islas Malvinas”.
Los miembros de la sección se reúnen dos o tres veces al año, y en cuanta oportunidad tienen, dan su testimonio. “Es muy difícil hacer entender que ellos murieron por la patria, por eso cuento cómo fue el combate”, explicó a Infobae el entonces soldado Esparza. Las reuniones comenzaron por el 2014 y recién entonces Pacheco volvió a ver a sus antiguos camaradas. Retirado como suboficial mayor, halló en la escritura una catarsis sobre lo que vivió entonces.
Cuando regresaron al continente y por fin pudieron darse un baño caliente y recibir ropa nueva, el soldado Norberto Aimé vio que el pantalón de Gómez Centurión tenía manchas de sangre de los muertos y heridos de la sección, y pidió quedárselo. Hoy esa prenda se exhibe en el museo del regimiento, vívido testimonio de cuando una treintena de valientes se enfrentaron a una compañía inglesa, defendiendo la patria.
Fuentes: Jorge Alberto Pacheco, Sección Romeo Malvinas ¡Si, juro! Memorias de un suboficial del Regimiento de Infantería 25, Ediciones Argentinidad; Entrevistas a Jorge Pacheco; Juan José Gómez Centurión; José Esparza; Mery Noemí Austin y Patricia Austin
