Una vez más la lista de crímenes producidos en el marco de un espectáculo deportivo se cierra sin culpables. Una vez más, una familia llora a su deudo sin saber quién lo ejecutó. Una vez más el círculo de la violencia en el fútbol redondea en favor de la impunidad. Nadie mató a Juan Calvente, el hincha de Independiente asesinado en la previa del partido contra San Lorenzo el 15 de enero de 2022. O, por lo pronto, nadie será culpado por ese hecho. El Tribunal Número Uno de Avellaneda decidió absolver por el beneficio de la duda a los dos acusados por el crimen, Alan Gil y Mariano Sánchez, y tampoco en las audiencias se pudo determinar quiénes podrían haber disparado contra la caravana Roja que se dirigía a La Plata a ver el encuentro en el marco del Torneo de Verano. A Sánchez sí le dieron dos años de prisión por tenencia ilegal de arma de guerra, pero ese arma no fue, según la Justicia, la que disparó los tiros mortales. Por eso, el asesinato quedará impune.
“Esto pasa porque se hizo todo mal desde un principio. Con el fiscal Rodríguez hicimos lo jurídicamente posible para conseguir otro resultado, pero no se pudo contra la muy mala instrucción del caso que se realizó en un primer momento básicamente para sacarle responsabilidad a la Policía en todo lo que sucedió. Me queda como angustia el dolor de la familia de Juan que cuatro años después no tuvieron justicia por un chico que no era barrabrava y fue asesinado en medio de un operativo policial rumbo a un estadio”, le dice Juan Manuel Lugones, el abogado de los Calvente, a Infobae.
El hecho se produjo a las 19.30 de aquel fatídico 15/1/22, cuando a la altura de Wilde los micros de la barra y las peñas debieron frenar ya que había un piquete de habitantes del barrio de emergencia, Rancho Grande, que reclamaban por un corte de luz que llevaba ya 36 horas. La barra roja se bajó a pedir que liberaran un carril para poder seguir y llegar a tiempo a la cancha de Estudiantes, donde se jugaba el partido, pero ante la negativa empezó una pelea cuerpo a cuerpo. Y la barra logró su cometido. Claro que la caravana eran más de 20 micros y los últimos tres quedaron atrapados nuevamente por la reorganización del piquete. Y, ante la inminencia de un nuevo enfrentamiento, se empezaron a escuchar balazos. Juan Calvente, quien iba en uno de los micros, recibió uno a la altura del tórax que fue mortal. Otro hincha, Carlos Ruiz Díaz, recibió dos y le salvaron de milagro la vida en el hospital.
La Policía, que venía custodiando la caravana, se vio superada en número y no pudo detener a nadie. Pero horas después apareció un video en el que se veía a los dos acusados en una moto a menos de 100 metros del hecho y uno de ellos guardaba un arma en una mochila antes de darse a la fuga. ¿Por qué entonces no fueron encontrados culpables? Porque la bala que mató a Calvente era calibre 5,5 y el arma encontrada en poder de Sánchez, con numeración limada, era 4,5. Y, en el caso de Ruiz Díaz, los dos balazos que recibió fueron calibre 22. Esto significa que hubo más de un tirador y que, al no poder certificar que Gil y Sánchez tuvieran las armas homicidas, fueron absueltos por el beneficio de la duda. La fiscalía había pedido para ambos las penas de 12 y 14 años de prisión respectivamente.
“Lamentablemente, según los jueces, no había prueba suficiente para culpar a los acusados. Así de fácil deciden. Para nosotros todo esto es muy triste, porque sentís que todo vuelve a cero, que en este país no hay Justicia, fijate que nadie va a pagar por el crimen de mi hermano”, dice con el corazón partido Daniela, la hermana de Juan. “Si bien un fallo condenatorio no es que nos lo iba a devolver, porque él se nos fue hace ya cuatro años, por lo menos se podía cerrar el círculo del duelo para empezar otra etapa. Pero así, con esta decisión, nunca le podés dar un final al tema, es imposible quedar en paz. Los asesinos caminan libres por la calle, sean los que llegaron a juicio o quienes hayan sido. Los policías que debieron cuidarlo a Juan también deben estar patrullando andá a saber dónde. Pero a mi hermano lo mataron cuando le quedaba toda una vida por delante, recién había cumplido 36 años y dejaron a dos hijos huérfanos de padre. Y ante eso parece que no pasa nada, ni siquiera existe algo de justicia para poder llorar, pero seguir adelante”.
