Cada cuánto tiempo hay que cambiar la almohada para prevenir alergias y asma

Un artículo cotidiano del dormitorio acumula hongos y ácaros sin que la mayoría de las personas lo note (Imagen Ilustrativa Infobae)

Quienes conviven con alergias suelen centrar su atención en los fármacos: antihistamínicos, sprays nasales e inhaladores. Sin embargo, alergólogos insisten en que el manejo del entorno donde se vive —y especialmente donde se duerme— tiene un peso equivalente al de cualquier tratamiento médico, informó la revista Parade. El doctor David Corry, médico y profesor de inmunología, alergología y reumatología del Baylor College of Medicine, señaló que modificar el ambiente y el tratamiento médico no son opciones excluyentes, sino parte del mismo abordaje. “Lo ideal es maximizar el control ambiental para que el tratamiento médico sea el menor posible o, en el mejor de los casos, innecesario”, indicó.

Según Corry, actuar sobre el entorno le devuelve al paciente un grado de autonomía que la medicación, por su naturaleza, tiende a quitarle.

Hongos y ácaros se inhalan al dormir

Dentro del dormitorio, hay un elemento que concentra alérgenos de manera silenciosa: la almohada. Con independencia del material con el que esté fabricada, absorbe los aceites naturales de la piel y las células muertas que el cuerpo descama durante el sueño. Esa materia orgánica constituye el sustrato ideal para la proliferación de ácaros del polvo y hongos.

“Al respirar sobre una almohada contaminada, se inhalan esporas fúngicas y excrementos de ácaros de forma continua, lo que puede derivar en una sensibilización alérgica progresiva”, explicó Corry.

La exposición sostenida a esporas fúngicas, además, eleva el riesgo de infecciones en las vías respiratorias que pueden evolucionar hacia cuadros más graves, como asma, sinusitis o infecciones cutáneas de origen fúngico.

Las almohadas absorben materia orgánica que favorece la acumulación de ácaros y hongos en el dormitorio (Imagen Ilustrativa Infobae)

Reemplazarlas reduce los microorganismos

Para solucionar este problema, el especialista propone cambiar las almohadas de cama con una frecuencia de entre uno y dos años. Al renovarlas antes de que los niveles de materia orgánica acumulada alcancen umbrales críticos, se impide que hongos y ácaros lleguen a colonizarlas en cantidades que resulten perjudiciales.

El criterio también aplica a las almohadas de uso decorativo o de descanso fuera de la cama —las de sillones o sofás—, aunque con menor urgencia: Corry sugiere reemplazarlas aproximadamente cada diez años.

Almohadas de plumas: riesgo inmunológico adicional

Más allá de la frecuencia de cambio, el tipo de relleno es un factor determinante. Las almohadas confeccionadas con plumas de ave contienen proteínas que, con el tiempo, pueden provocar reacciones inmunológicas de cierta gravedad. Estas no siempre adoptan la forma clásica de una alergia, pero pueden manifestarse con afecciones en la piel, los ojos y el sistema respiratorio.

“Las almohadas deben estar fabricadas exclusivamente con materiales sintéticos; nunca con plumas de ave”, subrayó Corry. La exposición prolongada a esas proteínas puede generar una sensibilización que, una vez instalada, es difícil de revertir.

Lavarlas reactiva los hongos dormidos

Ante la pregunta de si lavar las almohadas podría ser una opción válida en lugar de reemplazarlas, el especialista fue categórico: no. El proceso de lavado introduce humedad en el interior del relleno, lo que reactiva hongos que hasta ese momento permanecían inactivos. El resultado es el opuesto al buscado.

Aunque algunas marcas comercializan almohadas con la promesa de ser lavables, Corry desaconseja aprovechar esa característica. Cambiarlas directamente es la única alternativa que garantiza una reducción efectiva de la carga alérgena.

Las almohadas de plumas de ave contienen proteínas capaces de desencadenar reacciones inmunológicas en el sistema respiratorio (Imagen Ilustrativa Infobae)

Fundas antiácaros y lavado de ropa de cama

Reemplazar las almohadas es un paso importante, pero no el único. La doctora Min J. Ku, alergóloga e inmunóloga de ENT Allergy Associates, recomienda complementar esa práctica con el uso de fundas antiácaros sobre las almohadas, que deben retirarse y lavarse una vez por semana.

“Los ácaros del polvo se instalan en cualquier superficie textil y se alimentan de la piel que descamamos. El lugar de mayor exposición es la cama”, explicó Ku. Lavar esas fundas semanalmente interrumpe el ciclo de reproducción de los ácaros; de lo contrario, su concentración aumenta de manera sostenida.

La ropa de cama en general —sábanas, fundas de almohada, acolchados— también debe lavarse con agua caliente al menos una vez por semana. El calor es el agente más eficaz para eliminar los ácaros, y cada lavado reinicia el ciclo, evitando que su densidad alcance niveles problemáticos.

Para quienes son sensibles a la caspa de animales, Ku recomienda mantener las mascotas fuera del dormitorio. Y para los alérgicos al polen, cerrar las ventanas durante los días de alta concentración y utilizar un purificador con filtro HEPA en la habitación puede marcar una diferencia significativa durante el sueño.