
El silencio puede expresar secretos, obediencia, censura, protesta o afecto; sus formas y sentidos cambian con cada época. En El dedo en los labios, Lola Pons convierte ese territorio esquivo en materia de una historia cultural de la lengua española. El ensayo, de 280 páginas, va de la Edad Media a las redes sociales y sostiene una pregunta que atraviesa toda la lectura: qué revela una sociedad cuando decide callar.
La filóloga y catedrática de la Universidad de Sevilla presenta su primer ensayo narrativo y el más ambicioso de su trayectoria. El libro no trata el silencio como una simple ausencia de palabras. Lo examina como una práctica vinculada con el poder, la oración, el amor, la escucha, la reserva y las formas de exclusión. Pons combina historia lingüística, episodios culturales y observación del presente. Ese cruce evita que el recorrido se reduzca a un catálogo de palabras antiguas: los cambios en el vocabulario permiten observar también los cambios en lo que se admite decir, en lo que se prohíbe y en aquello que permanece fuera de la conversación pública. El silencio salió de los claustros y entró en la vida cotidiana Uno de los tramos más consistentes del volumen sigue la trayectoria de la palabra “silencio”. Su origen religioso, ligado a monasterios y conventos, se desplaza en el siglo XVI hacia los usos cotidianos. Desde entonces, el término abandona el marco del voto y adquiere matices que acompañan la vida social.El libro muestra que esos matices nunca son inocentes. Lo que en un tiempo puede interpretarse como pudor, en otro puede nombrarse como censura. Los límites de lo decible cambian, y la historia de esas fronteras es uno de los núcleos del ensayo. La atención a los verbos confirma la precisión con que Pons lee el idioma. “Silenciar”, explica, surgió en el español americano y llegó al español de España a comienzos del siglo XX, cuando desplazó expresiones como “hacer callar” o “mandar callar”. Su terminación en “-ar” responde, además, a que esa es la conjugación que todavía admite la creación de nuevos verbos en español. Las palabras de la política muestran quién puede hablar El análisis se detiene en fórmulas que hoy parecen corrientes. “Sin comentario”, por ejemplo, entra en el relato como una expresión asociada a la comunicación política estadounidense antes de pasar a la lengua común. Pons entiende estas incorporaciones como indicios de una época y de sus maneras de administrar la información.
También recupera la figura de “Tácito” durante la Transición española. “Ser un tácito” o “ser de Tácito” designaba a quienes publicaban bajo ese seudónimo al final de la dictadura franquista para intervenir en el debate ideológico y político. El episodio da espesor histórico a una intuición que el libro desarrolla de principio a fin: callar y hablar rara vez son decisiones desvinculadas de las relaciones de poder.

La parte final amplía esa perspectiva hacia los silencios de las mujeres y de quienes tuvieron menor acceso a la escritura o al reconocimiento público. El libro confronta fórmulas como “calladita estás más guapa”, que convierten el silencio femenino en mandato, con las desigualdades que aún se advierten en el uso de la palabra. Pons recuerda que, incluso en parlamentos con representación paritaria y listas electorales equilibradas, las mujeres disponen de menos tiempo de palabra que sus compañeros varones.
El gesto de un dedo sobre los labios enlaza pasado y presente
La discapacidad ocupa otro lugar relevante en el recorrido. El ensayo relaciona “mutismo”, “mudez” y “mutis” a partir de su origen común, a la vez que revisa el uso de “mudo” ante una comprensión más amplia de las formas de comunicación de las personas sordas. El planteamiento evita congelar las palabras en su definición: las sitúa en las transformaciones sociales que alteran su alcance.

El título procede del gesto de llevar un dedo a los labios para pedir silencio. Pons lo vincula con Harpócrates, dios del silencio, y lo llama gesto harpocrático. El recorrido se detiene también en “chist”, la interjección con la que se manda callar y de la que derivan “chistar” y “chiste”. Esa señal, reconocible incluso fuera de las palabras, permite seguir una comunicación no verbal que los textos históricos registran de forma fragmentaria.
La voz “callacuece”, un andalucismo —propio de Andalucía, en España—, se aplica a quien actúa con reserva y logra su propósito sin llamar la atención. La aclaración resulta necesaria para el público de toda América: el término no pertenece al uso general del español. En él se cruzan la discreción, la expectativa y el riesgo de que lo oculto termine por revelarse.
El libro cierra en el entorno digital, donde dejar un mensaje sin respuesta prolonga una conducta anterior: antes podía ocurrir con una carta; ahora, con una comunicación electrónica. Cambia el soporte y cambia el nombre de la práctica, pero persiste la pregunta que organiza estas páginas: qué dice de nosotros aquello que elegimos no decir.
