Durante décadas Punta del Este construyó una ciudad para mucha más gente de la que vivía allí. Miles de viviendas, infraestructura, gastronomía, servicios y equipamientos fueron desarrollados para una población que durante buena parte del año no estaba.
Lo que durante mucho tiempo pudo entenderse como una particularidad de una ciudad de temporada hoy empieza a revelar otra posibilidad: ese enorme stock construido se ha convertido en la infraestructura de una nueva etapa.
Durante muchos años la lógica fue relativamente sencilla. Punta del Este atraía visitantes, principalmente de Uruguay y Argentina, algunos de ellos compraban una segunda residencia y esa demanda impulsaba nuevos desarrollos. Cada generación de inversores confiaba en que el destino seguiría creciendo y la ciudad construiría un poco más.
El resultado acumulado es bastante singular: una ciudad con una población permanente relativamente pequeña terminó desarrollando una capacidad residencial, gastronómica y de servicios propia de una escala muy superior. Durante el verano esa capacidad se utiliza intensamente; durante el resto del año, una parte importante permanece disponible.
El trabajo remoto ayudó a romper una barrera. También lo hicieron la conectividad, los colegios, la gastronomía, los servicios y una oferta residencial que hace tiempo dejó de estar limitada a la temporada
Pero algo está cambiando ya que el destino se está transformando en un lugar para vivir.
Según el último censo del Instituto Nacional de Estadística de Uruguay en los últimos 12 años la población de Punta del Este se duplicó con un crecimiento del 96% -8 de cada 10 nuevos habitantes no se explican por el crecimiento natural de la población, sino por migración-, mientras que la construcción de viviendas en el mismo período se incrementó en un 41 por ciento.
La discusión reciente sobre Punta del Este suele concentrarse en el mercado inmobiliario: cuánto se construye, quién está comprando, cuánto cuesta el metro cuadrado o qué nuevos proyectos están llegando. Estos son indicadores importantes, pero quizás estén mostrando solamente una parte del fenómeno ya que lo verdaderamente interesante sería preguntarnos por qué cada vez más personas pueden considerar a Punta del Este no solamente como un lugar para invertir o pasar el verano, sino como un lugar posible para desarrollar una parte mucho mayor de su vida.
El trabajo remoto ayudó a romper una barrera. También lo hicieron la conectividad, los colegios, la gastronomía, los servicios y una oferta residencial que hace tiempo dejó de estar limitada a la temporada.
Normalmente, cuando una ciudad recibe nueva actividad económica, necesita construir simultáneamente la estructura urbana capaz de alojarla
Pero existe una condición anterior a todas ellas: la ciudad ya estaba ahí y eso cambia considerablemente las reglas del juego. Normalmente, cuando una ciudad recibe nueva actividad económica, necesita construir simultáneamente la estructura urbana capaz de alojarla: llegan empresas, aparecen empleos, aumenta la población, se necesita vivienda, y luego llegan nuevos servicios y equipamientos. Punta del Este podría recorrer parcialmente el camino inverso.
Durante décadas construyó primero una enorme capacidad residencial y de servicios. Ahora, sobre esa plataforma, pueden empezar a instalarse proyectos que hasta hace algunos años parecían menos naturales para el destino: oficinas, espacios corporativos, educación, salud, servicios profesionales, cultura o nuevas formas de trabajo.
Esto genera una condición urbana particularmente interesante. Si mañana aparecen cientos de nuevos puestos de trabajo calificados en Punta del Este, la ciudad no necesita construir cientos de viviendas desde cero para recibir a quienes las ocupen ya que existe un stock capaz de absorber parte de esa demanda.
Y cuanto mayor sea la población permanente, más razonable se vuelve la aparición de nuevos servicios y actividades. Esos servicios generan a su vez empleo y calidad urbana y esa mayor calidad urbana hace todavía más atractivo instalarse allí. Se produce un círculo de retroalimentación.
Una nueva infraestructura no siempre aparece simplemente porque existe una demanda previa
En urbanismo e infraestructura conocemos bien el fenómeno de la demanda inducida: una nueva infraestructura no siempre aparece simplemente porque existe una demanda previa. En ocasiones, su propia existencia modifica comportamientos y genera una demanda que antes no estaba allí.
Con Punta del Este podría estar sucediendo algo parecido, pero a una escala mayor y durante un período mucho más largo.
Las generaciones que invirtieron en la ciudad probablemente no estaban construyendo conscientemente una plataforma para una futura centralidad regional. Estaban comprando apartamentos, desarrollando edificios, abriendo restaurantes, construyendo hoteles o mejorando servicios.
Este punto es importante porque el próximo salto de Punta del Este probablemente no dependa exclusivamente de seguir construyendo únicamente viviendas. Si queremos pensarla como un verdadero atractor regional, la pregunta debería empezar a desplazarse del real estate hacia la ciudad.
Las ciudades compiten por talento, inversión y población, pero no lo hacen únicamente mediante incentivos económicos
La arquitectura tiene mucho que aportar a esa discusión, pero no necesariamente construyendo más de lo mismo. El desafío pasa por entender qué piezas faltan —espacios de trabajo, educación, salud, cultura, movilidad, espacio público e infraestructura para una vida cotidiana más permanente— en una ciudad que ya tiene una enorme cantidad de piezas construidas.
Punta del Este tiene además una característica difícil de fabricar mediante planificación: ya existe en el imaginario regional. No hay que explicar dónde queda Punta del Este. Generaciones de argentinos, brasileños y uruguayos construyeron una relación cultural y afectiva con el lugar mucho antes de que apareciera la discusión actual sobre residencia permanente.
Y esa historia importa porque las ciudades compiten por talento, inversión y población, pero no lo hacen únicamente mediante incentivos económicos. También compiten a través de su calidad de vida, su identidad, su paisaje, su seguridad, su cultura y la posibilidad de imaginar una vida allí.
La transformación, además, no es algo que vaya a ocurrir algún día. Ya está sucediendo. Si la respuesta consiste únicamente en construir más metros cuadrados, probablemente estemos desaprovechando una oportunidad excepcional.
Si, en cambio, empezamos a pensar qué actividades, instituciones, infraestructura y programas pueden apoyarse sobre todo lo que ya fue construido, Punta del Este podría dar un salto mucho más interesante: pasar de ser uno de los grandes destinos de la región a convertirse también en uno de sus lugares para vivir, trabajar y producir.
Paradójicamente, puede hacerlo porque una parte de esa ciudad futura llegó antes que sus habitantes.
El autor es director de Rudolph Arquitectos
