
Hay escritores que se forman entre las paredes de una universidad, rodeados de tomos encuadernados en cuero y discutiendo teorías estéticas bajo la luz tenue de una biblioteca. Y hay otros escritores que se inventan a sí mismos respirando el humo del asfalto caliente, escuchando el murmullo de los buscavidas en los cafés de mala muerte y gastando la suela de los zapatos contra las baldosas de una ciudad que ruge. Roberto Arlt pertenecía, por elección y por destino, a esta última estirpe.
En septiembre de 1928, desde las páginas de su columna diaria en el diario El Mundo, el autor de El juguete rabioso lanzó una de esas verdades que, más que leerse, se sienten como un impacto directo en el rostro. La frase completa dice así: “He aprendido que la escuela más útil para el entendimiento es la escuela de la calle, escuela agria, que deja en el paladar un placer agridulce y que enseña todo aquello que los libros no dicen jamás. Porque, desgraciadamente, los libros los escriben los poetas o los tontos”.
Aquella frase, originalmente plasmada en su célebre texto El placer de vagabundear, era un ataque frontal a la solemnidad de los intelectuales de su época. Pero para entender el peso de esta afirmación, es necesario viajar a la Buenos Aires de finales de la década de 1920. La ciudad atravesaba una metamorfosis feroz: la ola inmigratoria, la modernización acelerada, los tranvías, las luces de neón y la marginalidad de los conventillos configuraban un paisaje humano tan caótico como fascinante.
Mientras la aristocracia literaria miraba hacia París con nostalgia y refinamiento, Roberto Arlt clavaba los ojos en el barro de la calle Corrientes. La frase aparece en el corazón de las Aguafuertes porteñas, un fenómeno periodístico sin precedentes. Cada mañana, miles de lectores compraban el diario solo para ver qué había descubierto ese hombre de mirada torva y campera gastada en sus caminatas nocturnas. En El placer de vagabundear, Roberto Arlt revela su mirada, la forma de su sensibilidad.

Aquella aguafuerte dialoga con una tradición europea —la del flâneur o el paseante solitario que teorizaría Walter Benjamin—, pero la despoja de su burguesía. El vagabundo arltiano no pasea por distracción; camina porque necesita entender el engranaje oculto de la condición humana. Para el autor, la calle era una universidad a cielo abierto cuyas materias eran la desesperación económica, la picardía del asfalto, la soledad del recién llegado y la poesía oculta en el lenguaje de los ladrones.
La idea de que la vereda educa más que la biblioteca resume de manera perfecta todo el pensamiento de Roberto Arlt. Él mismo fue un marginal del sistema educativo: expulsado de la escuela primaria a los ocho años, su formación fue la de un autodidacta salvaje que leía traducciones baratas en las bibliotecas anarquistas de barrio. Por eso, cuando años más tarde escribe el demoledor prólogo Los lanzallamas (1931), postura frente a los críticos que le reprochaban escribir “mal” o tener faltas de ortografía.
Allí firmó otro de sus manifiestos: “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula”. Existe una línea recta y perfecta que une la escuela de la calle con ese golpe de puño literario. Para Arlt, la literatura solo tenía valor si estaba impregnada de realidad viva. Lo que importaba era la verdad, y la verdad estaba en la calle.
Las Aguafuertes porteñas, el libro que luego recopilaría estas crónicas, transformó para siempre la relación entre el periodismo y la alta literatura en la Argentina. Roberto Arlt demostró que con el material de desecho de la crónica diaria —el retrato de un chanta, la descripción de un baldío, el análisis del “reloj de la paciencia”— se podía fundar una estética tan poderosa como la de la gran novela rusa. Recuperar la “escuela de la calle” es una invitación a salir a la intemperie, al espectáculo de la vida real.

¿Quién es Roberto Arlt?
Roberto Emilio Gofredo Arlt nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900, en el seno de una familia de inmigrantes pobres marcada por la rigidez de un padre prusiano. Expulsado de la escuela primaria a los ocho años por su rebeldía, se formó como un autodidacta salvaje en las calles de Flores y las bibliotecas populares. Trabajó como pintor, mecánico, ayudante de laboratorio y periodista de policiales en el diario Crítica, oficios que nutrieron su fascinación por los márgenes sociales y la ciencia.
Además de escritor, fue un inventor apasionado: patentó unas medias de mujer reforzadas con caucho en un laboratorio casero de Lanús, buscando un éxito económico que la literatura siempre le retaceó. Su irrupción definitiva en las letras argentinas ocurrió en 1926 con la publicación de El juguete rabioso, una novela iniciática sobre la traición y el desencanto juvenil. A esta obra cumbre le siguieron Los siete locos (1929) y su continuación, Los lanzallamas (1931), y la celebrada El amor brujo (1932).
También revolucionó el teatro independiente con piezas fundamentales como Tute Cabrero, Saverio el cruel y 300 millones. El 26 de julio de 1942, a los 42 años, un paro cardíaco apagó la vida del cronista de la vereda, dejando un legado indócil que años más tarde sería rescatado por autores de la talla de Ricardo Piglia y Julio Cortázar como la verdadera piedra fundacional de la modernidad literaria en nuestro país. Leerlo hoy es volver a paladear la dura y terrible densidad de estar vivo.
