
Ensayar escalas, leer una partitura y coordinar ambas manos pone en juego capacidades que los niños luego utilizan fuera del aula de música. Un estudio de la Universidad Northeastern vinculó la práctica regular de un instrumento musical con mejores resultados cognitivos y escolares. También observó diferencias en una vía de sustancia blanca del cerebro.
La investigación, publicada en la revista Developmental Cognitive Neuroscience, analizó a niños de entre 7 y 9 años: 38 tocaban un instrumento y practicaban al menos 30 minutos por semana; los otros 38 no tenían formación musical.
Los grupos fueron emparejados por edad, sexo y nivel socioeconómico. La mayoría de los participantes con formación musical tocaba piano o instrumentos de cuerda.
Los niños con formación musical obtuvieron mejores puntajes en varias pruebas
Los participantes realizaron evaluaciones de capacidades cognitivas, memoria de trabajo y desempeño escolar. En conjunto, quienes tocaban un instrumento registraron puntuaciones más altas en medidas de inteligencia general, razonamiento, vocabulario, relaciones espaciales y aprendizaje visual y auditivo.

También obtuvieron mejores resultados en una prueba de memoria de trabajo, una capacidad que permite mantener y manipular información durante un período breve. Esa habilidad interviene, por ejemplo, cuando un estudiante retiene una consigna mientras resuelve un problema o cuando sigue varios pasos para completar una tarea.
En el plano académico, el grupo con práctica musical superó al otro en indicadores compuestos de lectura, fluidez lectora, lenguaje escrito y matemáticas. Entre las pruebas individuales con diferencias se encontraban reconocimiento de palabras, comprensión lectora, ortografía, fluidez para decodificar palabras y conceptos matemáticos.
Kelsie L. Lopez, investigadora posdoctoral en psicología y una de las autoras principales, señaló que los beneficios aparecieron en una edad temprana. “No es necesario tener 20 años de experiencia”, afirmó.
Tocar un instrumento reúne atención, memoria y coordinación
La ejecución musical exige procesar varias tareas a la vez. Un pianista principiante debe leer símbolos, anticipar el ritmo, escuchar lo que produce, recordar la secuencia y coordinar movimientos precisos. En un violín, además, necesita regular la posición de los dedos y el desplazamiento del arco.
Para Psyche Loui, profesora de música de la Universidad Northeastern y directora del laboratorio Música, Imágenes y Dinámica Neuronal, esas demandas pueden ayudar a explicar los resultados. “La formación musical realmente ayuda a la función ejecutiva debido a las exigencias que impone al cerebro”, dijo al medio universitario.
Las funciones ejecutivas incluyen la atención sostenida, la planificación, el control de impulsos, la adaptación a cambios y la memoria de trabajo. No son capacidades exclusivas de la música: se utilizan para estudiar, organizar una actividad, comprender instrucciones y pasar de una tarea a otra.

La investigadora y educadora musical Anita Collins indicó que el aprendizaje de un instrumento implica ejercitar de forma repetida la escucha, la autorregulación y la planificación. Según explicó a Northeastern Global News, esas destrezas acompañan a los niños durante toda la jornada escolar.
Las imágenes cerebrales mostraron una diferencia que requiere cautela
Un subconjunto de 50 niños contaba con resonancias magnéticas que permitieron estudiar la microestructura de la sustancia blanca, el conjunto de fibras que conecta distintas regiones del cerebro. Los investigadores analizaron en particular el fascículo arqueado, una vía relacionada con la comunicación entre zonas vinculadas a la audición, el lenguaje y el movimiento.
En los niños con formación musical se observó un valor más alto de una medida llamada modo de anisotropía en el tramo derecho que une el giro precentral y la parte posterior del giro temporal superior. De manera simple, esa medición describe la dirección que sigue el movimiento del agua dentro del tejido y puede aportar información sobre la organización de las fibras nerviosas.

El resultado cerebral perdió significación tras aplicar una corrección estadística por comparaciones múltiples, por lo que los propios autores piden interpretarlo con prudencia. Tampoco pudieron determinar si esa diferencia explicaba los mejores puntajes de las pruebas cognitivas.
El estudio utilizó datos obtenidos antes de una intervención sobre actividad física, por lo que no asignó al azar a los niños a recibir o no educación musical. Esa limitación deja abiertas otras explicaciones: las familias que facilitan la práctica de un instrumento podrían brindar, al mismo tiempo, otras oportunidades educativas o extracurriculares.
La investigación tuvo en cuenta el nivel socioeconómico al armar los grupos de comparación, pero sus autores remarcaron que el costo de los instrumentos y de las clases puede restringir el acceso. Por eso, plantean que las escuelas y los programas comunitarios podrían ampliar las oportunidades de contacto con la música durante la infancia.
El equipo propone que próximos trabajos analicen cuánto influyen la frecuencia de práctica, la edad de inicio, el dominio alcanzado y la exposición informal a la música.
Los autores advirtieron que el diseño del estudio muestra una asociación y no permite afirmar que las clases de música sean la causa directa de las diferencias. Aun así, los resultados suman datos al debate sobre el papel de la actividad musical durante una etapa de cambios acelerados en el desarrollo cerebral.
