La impactante aparición de la encargada de la presidencia de Venezuela Delcy Rodríguez en la Asamblea General de la ONU sorprendió al mundo entero ya que nadie esperaba que el estado tutor promoviera un proceso de legitimación sin que se haya iniciado la reconstitución institucional del país.
Todo indica que la transición venezolana seguirá un camino propio, como ocurrió en España y Chile al salir de sus dictaduras. Según el secretario de Estado Marco Rubio, el proceso consta de tres etapas: estabilización, recuperación y transición. La primera busca prevenir un estallido de violencia, administrar las sanciones y emplear entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo para financiar al Estado sin que esos recursos terminen en manos corruptas. La recuperación supone abrir el mercado venezolano a empresas estadounidenses y de otros países, así como promover la reconciliación mediante una amnistía y la liberación de los presos políticos. La última etapa exige fortalecer la sociedad civil, establecer instituciones y garantías de seguridad eficaces y convocar elecciones libres, abiertas y multipartidistas.
A nueve meses de la histórica extracción de Nicolás Maduro, aparentemente solo la primera etapa está medianamente cubierta ya que el funcionamiento del Estado no parece estar asegurado en ninguna parte del territorio nacional. De hecho, en todos los niveles operativos existe una suerte de parálisis funcional que impide a los ciudadanos tener intercambios normales con el Estado. Los hospitales han visto empeorar la falta de medicinas e insumos; las escuelas siguen sin abrir el nuevo año escolar; los medios de transporte tanto aéreos como terrestres adolecen de regularidad y de calidad. Ni hablar de la libertad de los presos políticos cuando aún permanecen bajo brutal tratamiento aproximadamente 350 personas.
Esto nos lleva a pensar que quizás el país tutor de Venezuela debería hacer un alto en su marcha hacia la transición y tomar nota de dos de las transiciones más exitosas en la región: Brasil y Paraguay.
En el caso de Brasil, la transición fue encabezada por un militar profesional maestro del manejo de la información puesto que había dirigido el aparato de inteligencia militar por décadas. Se trataba además de alguien que no se benefició económicamente de su posición en el estamento militar que era el gobernante en Brasil. En efecto, Joao Figueiredo continuó la política de apertura de su antecesor pero comprometió sus energías en la construcción de las bases del marco institucional en que se gestó la democracia brasileña. Figueiredo era un insider pero también era un gestor excepcional y un hombre íntegro. Y en jefe militar respetado.
Otro caso de transición exitosa en América Latina es el Paraguay. En este caso el General Rodríguez encabezó un golpe de estado contra Alfredo Stroessner y se dedicó a crear el marco institucional en que se asentaría la democracia. Promovió la adopción de una constitución que impedía la reelección presidencial; una corte electoral independiente y organismos de fiscalización del ejecutivo. Apoyó la pronta elección de un parlamento y fomentó la formación de un sistema de justicia independiente. Rodríguez no formó parte de los órganos de represión y persecución política. El resultado ha sido una democracia imperfecta pero estable desde 1993.
Las experiencias de Paraguay y Brasil sugieren que la cuestión central no es simplemente si un insider puede iniciar una transición democrática. La historia muestra que los insiders a veces pueden. La cuestión más importante es si están preparados para construir, y en última instancia someterse a instituciones lo suficientemente fuertes para continuar la transición sin ellas. Y es quizás acá donde el país tutor necesite asesoría.
