El 74.9% de los 1,551 participantes de una encuesta sobre Cuba consideró poco o nada probable un cambio político significativo en las ocho semanas posteriores a su respuesta, una percepción que se combina con cautela para hablar de asuntos públicos y una preferencia por las redes de ayuda cercanas.
El estudio, realizado entre el 22 de julio y el 10 de agosto de 2026, fue elaborado por Cubadata para Diario de Cuba.
La falta de expectativas de transformación inmediata no equivale, según las respuestas recogidas, a una ausencia total de acción. El 77% de los cubanos conectados consultados cree que la colaboración entre vecinos o dentro de la comunidad puede mejorar los problemas cotidianos.
Esa confianza en el entorno próximo contrasta con las opciones que los encuestados consideran viables para su futuro personal. El 52.9% eligió salir del país como la estrategia más realista, mientras apenas el 4.2% señaló que participar o hablar cuando sea posible era una alternativa factible.
La cautela ante la política y la baja percepción de influencia
El 68.1% de los participantes estuvo de acuerdo con la idea de que, para vivir tranquilo, es preferible no involucrarse ni hablar de determinados asuntos. A la vez, el 57.9% ubicó entre cero y dos, en una escala de cero a diez, su capacidad de influir como ciudadano.
Las dos respuestas reflejan una percepción de escaso control sobre la vida pública, aunque no prueban por sí solas que exista silencio o falta completa de participación. El análisis fue elaborado por Arístides A. Vara-Horna, experto en análisis estadístico, quien vinculó esa reserva con un escenario en el que resolver necesidades básicas demanda tiempo y energía, mientras la política aparece como un espacio de alto costo y bajo margen de resultados.
El escenario que concentró más respuestas fue “sin cambio político importante”, elegido por el 47,8% de los consultados. La expectativa de inmovilidad coexistió, sin embargo, con posturas divididas sobre una posible intervención directa de otro país.
El 37,4% se manifestó en contra de esa posibilidad, el 34,6% se declaró a favor, el 20,2% adoptó una posición neutral y el 7,8% dijo no saber qué responder. Además, el 9,5% evitó contestar esa pregunta, la proporción más alta de reserva explícita registrada en el sondeo.
Viajar, salir y regresar como prueba de cambio
La posibilidad de viajar, salir y regresar fue la condición que más participantes asociaron con un cambio creíble: la escogió el 36% de la muestra. Mejorar los servicios y los salarios obtuvo el 25,1%, seguida por la participación en las decisiones, con el 16,5%.
La justicia y los límites a la arbitrariedad reunieron el 9,2% de las respuestas, mientras que la protección para hablar y organizarse sin represalias fue elegida por el 7,6%. El orden de esas preferencias sitúa la movilidad y la autonomía personal por delante de las garantías jurídicas y la libertad de expresión como señales concretas de transformación.
La demanda de poder salir y volver no se limita a la emigración. Expresa la posibilidad de desplazarse sin que abandonar la isla implique una ruptura definitiva con el país, sus vínculos y su vida cotidiana.
Para Vara-Horna, la colaboración local conserva una utilidad práctica que los canales políticos no ofrecen a quienes respondieron. El especialista resumió esa tendencia en los siguientes términos: “Cuando la supervivencia absorbe el día y la política no ofrece una expectativa plausible de cambio, la imaginación colectiva se reduce de escala. Se protege lo cercano, se confía en lo práctico y se valora la posibilidad de salir y volver como una libertad elemental. No es que desaparezca la aspiración de futuro; es que el futuro deja de proyectarse como una transformación compartida y pasa a depender, cada vez más, de las salidas individuales, las redes inmediatas y la capacidad de mantener abierta una puerta hacia afuera”.
